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Va a ser fantástico cuando el inmigrante ilegal que pone los ladrillos en las obras que aun sobreviven y el que sirve los desayunos que tan poco gustan al ministro Cañete (existen, y más que los que se piensan) se haga daño y tenga que lamerse las heridas en su casa. Invocando el mandamiento de la austeridad que en España oculta la acción de una rebarbadora sobre la cosa pública, el Ejecutivo del PP ha decidido dejar a los extranjeros sin papelessin cobertura sanitaria más allá de la opción de acudir a urgencias cuando la necesidad apremie. Con la medida, la enésima en eso de matar moscas a cañonazos, el Gobierno dice que se ahorrará «unos 500 millones de euros», que es como decir unos duros porque contabilizar lo que no está contabilizado, una persona que no existe para el sistema, es más bien difícil. Más o menos como saber cuántos españolitos de a pie se han marchado del país y residen fuera sin estar debidamente inscritos en las embajadas correspondientes. Invoca la ministra del ramo ―la misma a la que un día se le apareció un Jaguar en el garaje de casa y no se paró a preguntar cómo habría ido a parar allí―, el turismo sanitario. (…)

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