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Cuatro Caminos, ayer

El Deportivo consumó ayer su vuelta Primera. Lo ha hecho tras arrastrarse un año por el infierno de la Segunda lo que dota a la gesta de una importancia que va más allá del puro triunfo deportivo en una ciudad que hace del coruñesismo ideología. Falta que el Celta le siga en una semana para que Galicia vuelva a presumir de su seña de identidad más preciada: el localismo que nos mueve. El regreso de ambos se produce ahora que yo me he mudado a Dijon y el equipo de esta ciudad provinciana de la grande France ha tenido a bien celebrar mi llegada con su descenso a la Ligue 2. Uno arrastra su malditismo allá donde va y ha aprendido a no tomárselo como algo personal. Pero hay veces que cuesta no ver las señales. No es ningún secreto que mantengo con Coruña una relación tormentosa y que solo consigo sacudirme los picores que me produce allí donde el mar acaricia los arenales, en los límites. Es la sensación que me produce el quiero y no puedo de una urbe a la que nada haría más feliz que la convirtieran en ciudad-estado independientemente del color político de sus gobernantes. Desde entonces penamos en Galicia el enfado que produjo en A Coruña la imposibilidad de consumar su destino manifiesto: la capitalidad. Santiago se quedó con la Xunta que hacía juego con la Catedral a la que acompañaron, más tarde, con el dinosaurio que hoy dormita en el Gaiás. A cambio nos dejaron sin equipo de fútbol ya que el opio siempre ha cotizado caro en los mercados internacionales y por eso de cargar con la cruz, los picheleiros tienden a mirar hacia el sur en busca de mejores campos sobre los que poner a rodar el balón. No sé si se puede ser de ambos equipos enarbolando una galeguidade que va más allá de los límites urbanos que son los que siempre han hecho fortuna en Galicia. De corazón celeste, sé que el día que Djukic se propuso donarle a González una página en la historia del fútbol español mi madre me prometió unas hostias -las madres no dicen hostias, claro-, sino dejaba de llorar. Pero las madres no entienden de romanticismos y no tienen que ir a un instituto sevillano al día siguiente. Llevar el fútbol al campo de la política me parece una estupidez como otra cualquiera si bien es cierto que hay dos máximas esenciales que suelo compartir. El fútbol es la prolongación de la guerra por medios pacíficos como pueden comprobar en un Inglaterra-Argentina. Quizá si a Esperanza le dieran de leer más a menudo igual los de RTVE se ahorraban el bochorno de así son las cosas y así se las hemos contado con el que nos agasajaron el otro día en la final de la Copa del Rey. La misma que hace años se encargó de amargarle a un Real Madrid que aún no había sido abducido por el lado oscuro de la fuerza el Dépor. Los blanquiazules no pitaron el himno pues los gallegos somos muy poco de pitar sino es al volante y por las calles de Vigo. Lo de pitar himnos y banderas tiene un poder paliativo que no conviene desdeñar. Puestos a pitar, el respetable podría haber dirigido sus iras contra los 22 jabatos del campo, aunque solo fuera para recordarles que sabemos que Hacienda somos algunos. Pero no conviene confundir lo necesario con lo importante. La segunda máxima que suscribo plenamente la señalaba Camus, para quien la única patria es la selección nacional de fútbol. La realidad es así de tozuda y lo seguirá siendo mientras la ley no permita lo contrario. No desesperen, la Eurocopa está a la vuelta de la esquina y todo volverá a ser como antes.

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