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El Roto ©

A estas alturas uno no acaba de comprender la confluencia de factores que han hecho posible que el PSOE haya sido el partido que más años ha detentado el gobierno en nuestra democracia. ¿Suerte? ¿Casualidad? ¿Malditismo? ¿Conspiración? O, lo más probable, elección por eliminación. El PSOE está empeñado en demostrarnos con hechos y discursos que es en la oposición donde se mueve como pez en el agua llegando al punto de extender el viejo mantra que tanto cuesta conjurar de que la izquierda no sirve para gobernar dada la imposibilidad empírica de llevar adelante sus ideas. Antes de que comiencen a afilar sus cuchillos reconozco que esto es una exageración pero, a fin de cuentas, yo no dependo de sus votos. Los mismos que le sirven al PSOE para llegar al poder desde el que encandilar a una la derecha que no le ha votado y olvidar a los que sí lo han hecho.

Muchos de los avances sociales de los que disfrutamos hoy en día son productos de gobiernos socialdemócratas ―que no izquierda―; y eso compartiendo las tesis de Tony Judt de que, en realidad, un socialdemócrata no es más que un conservador que, ante las necesidades de posguerra, se abrazó a las políticas de Keynes como a un clavo ardiendo. Luego, una vez entrados en materia, llegaron los años del pelotazo de los chicos engominados, elgauche-caviar gala y la Tercera Vía de Tony Blair que tanto gustó en Alemania y otros contornos. Y ahí se jodió todo. De aquellos polvos estos lodos.

Sin nada más que perder que 110 diputados anda el PSOE como el torero que a la salida de chiqueros aguarda a la bestia a pecho descubierto. Su pretensión de querer cobrar el IBI a los inmuebles que la Iglesia no destina al culto de los fieles es una bicicleta de Robinho en la medular del campo: una inútil floritura. A Rubalcaba, que ha pasado por muchas, se le ha puesto cara de Mendizábal y anda pidiendo ―bajito, tampoco es cuestión de abusar de los pocos micros que le quedan―, una especie de desamortización a la carta con la intención de aplacar el insoportable eco provocado por los escaños perdidos en el Congreso. Ahora se ha dado en las narices con la puerta de la Iglesia después de años afanándose en barnizarla para no molestar mucho a unos purpurados que, a la mínima oportunidad, demostraban en las calles que no se puede ir contra natura: Roma no paga a traidores.

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