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Grzegorz Lato / CORDON PRESS

Lo cuenta David Remnick en su magistral La tumba de Lenin. Durante el mes de abril de 1940 bajo órdenes directas de Stalin, verdugos del NKVD (el viejo Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos) asesinaron a unos quince mil militares del entregado Ejército de Polonia y arrojaron sus cuerpos en varias fosas comunes. La carnicería tuvo lugar en tres lugares próximos entre sí: Kalinin, Katyn y Starobelsk. Aquella carnicería fue el inicio del plan para la dominación de Polonia y salió directamente de la mente de Iosif Stalin. Cuentan los testigos que las víctimas componían la flor y nata del ejército polaco. Oficiales jóvenes, ilustrados, que tras sacudirse de encima a los nazis engrosando las filas de los partisanos, acudieron a la convocatoria rusa sin sospechar que su destino sería un agujero en medio del bosque. La maquinaria de la muerte funcionó aquel mes a la perfección. Se trajo una maleta llena de revólveres alemanes Walther 2 ya que los soviéticos dudaban de la fiabilidad de sus TT, que tenían tendencia a sobrecalentarse con el excesivo uso. El modus operandi era sencillo: una casa con dos habitaciones, en la primera se entrevistaba al reo y una vez cumplimentado su expediente se le hacía pasar a un segundo cuarto insonorizado en el que un verdugo le descerrajaba con precisión quirúrgica un tiro en la nuca. Y así del orden de doscientos cincuenta por noche, durante un mes. Dicen que en el fragor de la tarea se escanciaron cientos de botellas de vodka. La propaganda soviética funcionó a la perfección y además de borrar toda huella de la matanza y culpar de la misma a los nazis se esmeró en mantener oculto cualquier resquicio de memoria: los gerifaltes soviéticos de la ocupada Polonia eligieron la villa de Mednoye, cerca de Kalinin, como el lugar ideal para edificar sus residencias de vacaciones: era la mejor manera de mantener vigilados los huesos. No fue hasta 1990, con Solidaridad en el poder en Varsovia y Gorbachov como protagonista de la caída del imperio cuando Moscú decidió que era hora de contar la verdad de lo ocurrido. El resto es historia.

Es lugar común decir que el fútbol es la prolongación de la guerra por medios pacíficos. Hay incluso ocasiones en las que un encuentro se parece más a una batalla que a un juego de pelota entre dos equipos. El que disputarán esta noche las selecciones de Polonia y Rusia se parece más a un ajuste de cuentas en el que hay mucho más en juego que los 3 puntos del segundo partido de la primera fase de la Eurocopa 2012. Así se ha visto por gran parte de los medios polacos que ayer pedían a su selección un «un segundo milagro» en el río Vístula, en alusión a la batalla ganada por los polacos contra los rusos en 1920. Y así ha sido entendido por unas hinchadas que llevan horas de enfrentamientos por las calles de la vieja Cracovia.

Aunque poco se parece la Rusia de hoy a la URSS de Stalin ―más allá de los destellos de un Vladímir Putin que se está destacando como un fiel seguidor de la tradición de la Gran Madre Patria―, el bombo del torneo europeo ha conseguido despertar los viejos fantasmas en una Polonia que arrastra su malditismo allá por donde va. No es fácil sacudirse este sentimiento para un país que ha desaparecido del mapa hasta en dos ocasiones.

Ninguno de los dos países destaca por sus galones en los campos de juego. Polonia ha sido dos veces bronce en un Mundial y oro olímpico en 1972 y plata en 1976 y 1992. Su selección carece hoy de las estrellas de antaño, cuando tras los muros dibujados por el Pacto de Varsovia, en la década de los setenta encandiló con varios equipos liderados por los Deyna, Gadocha, Lubanski, Lato, Szarmach, Smolarek o Boniek. Símbolos de aquellos jugadores del Este, muchos de ellos, atrapados en un fútbol que sufría las cortapisas de la Guerra Fría.

Del otro lado está una Rusia que nada tiene que ver con la fortaleza deportiva de la vieja URSS ―semifinalista en el Mundial de Suecia 1966, campeona de Europa en 1960 y subcampeona en 1964 y 1988―, y a la que los millones del petróleo ha revestido de cierto color orange. Primero con Guus Hiddink y ahora con Dick Advocaat, encargado de exprimir las esencias de unos jugadores talentosos pero que aún incapaces de explotar más allá de las fronteras propias. Tal es el caso de  los Pavlyuchenko, Zhirkkov y, sobre todo, Arshavin, que dotado de un talento indiscutible no ha sido quien demostrarlo en una liga mayor como la Premier. En el primer partido, los polacos salvaron la vida ante la siempre correosa Grecia (1-1), mientras que Rusia volvió a abrir, ante la República Checa (4-1), ese tarro de las esencias que mostró al mundo en la Eurocopa de 2008, donde fueron semifinalistas y acabaron arrollados por una España que comenzaba a escribir sus páginas de oro. Veremos qué sucede en una noche en la que hay demasiada historia para destilar en 90 minutos.

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