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La frase de Ben Bradley aconsejando a sus periodistas que «siguieran al dinero» cuando el Watergate era todavía un sueño húmedo en las avezadas mentes de Bernstein y Woodward sigue siendo perfectamente aplicable cuando algo huele mal en Dinamarca. En la Francia de hoy, todos los caminos llevan a la UMP, formación de Nicolas Sarkozy y al círculo de colaboradores más cercano al mandatario.

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Cuando se juega con fuego, uno corre el riesgo de acabar quemándose y ciertas personas nunca olvidan quien guarda las cerillas. El 8 de mayo de 2002, un coche bomba explotó en la ciudad pakistaní de Karachi al paso de un autobús de la compañía naval francesa DCN. Murieron catorce personas, incluidos once franceses que trabajaban precisamente en la construcción de los famosos submarinos. Después del 11 de septiembre de 2001, el fantasma de Al Qaeda se convirtió en el cajón de sastre preferido por los gobiernos occidentales para despachar asuntos incómodos y los servicios secretos franceses sacaron a pasear de inmediato la pista islámica. No obstante, en 2008 una investigación judicial sobre el atentado concluyó que lo de Al Qaeda no era más que un señuelo y cargaba las responsabilidades en una represalia pakistaní por el impago de las famosas comisiones.

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El propio Sarkozy acudió al aeropuerto a recibir a las liberadas. Como contrapartida, Sarkozy tuvo que recibir a Gadafi en el hotel Marigny, la residencia oficial de los invitados de Estado y el sátrapa se dejó ver por parís con su escolta de aguerridas mujeres. Varios medios acusaron al presidente de haber «humillado la República ante un dictador». Si bien, por aquel entonces pocos gobiernos occidentales utilizaban ya este apelativo con el «aliado» Gadafi.

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