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Formación del FC Start

Que Grecia vaya a disputar ante Alemania esta noche el paso a semifinales de la Euro 2012 solo puede explicarse como una muestra más de la mala fe con la que el destino baraja sus cartas. En el encuentro de esta noche hay algo más importante que entrar en el grupo de los cuatro elegidos. En las circunstancias actuales se cumple una vez más ese viejo tópico que gusta de ver el fútbol como la prolongación de la guerra por medios pacíficos en los que, en otro giro dramático, unos trescientos aguerridos espartanos tendrán que vérselas con ese martillo pilón de la Luftwaffe que es la siempre temible selección alemana, sobrada de talento de medio campo para arriba, y coronada con el poderío de un ariete de nombre español: Mario Gómez. Un hijo de la inmigración nos recuerda que esta es para muchos de nosotros la última salida. Y gracias.

Poco se ha hablado de Grecia en la Eurocopa. Su sola presencia en cuartos es ya un milagro de supervivencia a veces, uno piensa, que para disgusto de la propia UEFA. Al igual que el país, el combinado heleno ha vendido cara su piel en la competición y en el camino se han quedado Rusia y la anfitriona Polonia. Los griegos han tenido que superar las limitaciones de su propio juego y las piedras que árbitros y mala suerte le han puesto en el camino. Goles legales anulados (dos), penaltis no pitados (al menos uno) y expulsiones injustas (al menos una). Pero aquí están, con la intención de ajustar en el campo de juego la humillación bajo la forma de tutela económica que sufre su pueblo a cargo de la siempre insufrible Alemania. Y lo deberá hacer sin su jugador clave, su pulmón y corazón, un Karagounis verdugo de los rusos y que vio una injusta amarilla en el último partido de la fase previa, a juicio del árbitro ―una suerte de troika implacable―, por simular un penalti. Una sanción tan estúpida que solo es comparable en irracionalidad a alguno de los puntos impuestos por Alemania en el acuerdo de rescate sobre Grecia.

A estas alturas uno puede llegar a imaginarse qué habría hecho Guardiola de ser esta noche el seleccionador griego. Consciente de sus limitaciones futbolísticas a los helenos no les queda otra que apelar al corazón y sentir el aliento de todo un país y casi toda Europa ―que le den hoy al fútbol― para derrotar a una Alemania que muchos ven principal responsable de lo que ocurre fuera de los campos de juego, donde se juega el partido que de verdad importa. Decía Gary Lineker que el fútbol es un juego de once contra once donde siempre gana Alemania. Afortunadamente la regla ya no es exacta pero extrapolándola a la vida diaria de este viejo y maltratado continente se puede también pensar que cuando Alemania se pode al frente de algo, léase Europa, nada bueno se puede esperar.

El milagro de 2004 en Portugal

La ristra de películas con las que contaría el ex entrenador del Barcelona sería ilimitada. La primera, por patriótica, sería 300, el videoclip rodado por Zack Snyder sobre la legendaria resistencia espartana en las Termopilas. Nada más que añadir como no sea que los esculturales espartanos de Snyder poco o nada tienen que ver con los mal encarados jugadores griegos. Y a partir de ahí toda la filmografía futbolística en torno a un hecho real del que pronto se cumplirá 70 años y que, muy a su pesar, tenía a Alemania como uno de sus protagonistas.

El llamado Partido de la muerte no fue un único choque sino varios. Los últimos fueron disputados el FC Start y el Flakelf, un combinado de las fuerzas armadas nazis que ocupaban Ucrania y tuvo lugar en dos fases. El primer choque tuvo lugar el 6 de agosto de 1942 y el FC Start goleó a los germanos 5-1.

La historia de estos encuentros se remota a unos meses antes cuando un checo, Josef Kordik, decidió montar un equipo compuesto por prisioneros ucranianos que vivían y trabajaban en una destartalada panadería vigilada por guardias alemanes. Pese a las duras condiciones del confinamiento y con la II Guerra Mundial en pleno apogeo, en aquel grupo se habían reunido tres ex jugadores profesionales del Dínamo, tres del Lokomotiv y otros procedentes de otros equipos llegados hasta Kiev para engrosar las filas del Dínamo pero que aún no eran jugadores de este, según Valentyn Shcherbachov, autor de Nostalgia del fútbol soviético, un volumen que aborda la manipulación propagandística que hubo en torno al mítico partido.

Desde el 7 de junio del 42 el FC Start habría de disputar 12 partidos en los que anotó 56 goles y recibió 11. Los dos últimos encuentros, el mencionado y la revancha diputada el 9 de agosto, con un árbitro de las SS dirigiendo el juego, acabaron por costarle la vida a la mayor parte de aquellos futbolistas de leyenda a los que hoy se recuerda en un monumento a la entrada del estadio Lovanovsky de Kiev.

Del encuentro del 9 de agosto en el que la consigna no escrita era si ganan, mueren, las crónicas cuentan un episodio glorioso. Con el marcador ya a favor tras el intermedio, la oleada del Start siguió en el segundo tiempo. Fue entonces cuando Oleksey Klimenko, un defensa, decidió llevar a cabo la que algunos consideran la jugada más valiente y suicida en la historia del futbol. Solo ante la portería y tras regatear al portero optó por darse media vuelta y rematar al centro del campo. Los ucranianos decidieron evidenciar que allí los únicos verdugos eran los germanos. El resultado final fue de 5-3 a favor del Start.

El Start jugó un partido más. Contra el Rukh, un equipo local abanderado por la Gestapo. Ganó 8-0. El orgullo teutón, dicen, no pudo más. Acusados de espionaje por los nazis, de los componentes del Start varios murieron torturados, tres fusilados (en febrero de 1943) y otros cuatro fueron incapacitados para practicar futbol de por vida. El resto sobrevivió para contar su historia. Cuentan las crónicas ―o las leyendas―, que ante el pelotón de fusilamiento y vestido con su camiseta, Nikolai Trusevich, ex portero del Dínamo y del Start, pronunció unas últimas palabras: «pueden matarme a mí, pueden asesinarnos a todos, pero el deporte rojo no morirá jamás…».

La epopeya trágica del Start ha sido llevada al cine con más pena que gloria en varias ocasiones y en las que la propaganda y la política ficción siempre han sido predominantes. Dos películas soviéticas, Tercer Tiempo y El Partido de la Muerte,  producidas en los años 60. Un año después, la historia se recogía en el dramático largometraje húngaro El Último Gol. Mucho más tarde, en 1981, John Huston perpetró Evasión o Victoria. Una película al más puro estilo Hollywood en donde Michael Caine y Silvester Stallone (impagable literalmente como portero) compartían colores con leyendas reales como Pele ―«yo cojo el balón aquí (área propia) y hago esto (zig, zag, zig, zag por el campo dibujado sobre una pizarra) y marco gol»―, Ardiles o Bobby Moore. Sobra decir que el final era feliz. El resultado del filme fue que Caine certificaba que lo suyo no era el fútbol y que por fortuna los dioses habían bendecido a Pelé, Ardiles y Moore con el talento suficiente para no tener que ganarse la vida frente a las cámaras. Lo de Stallone es imposible se mire por donde se mire.

Evasión o victoria, 1981

La última versión cinematográfica es de este mismo año y no ha estado exenta de polémica. Con un presupuesto de 10 millones de dólares ha visto la luz la producción ruso-ucraniana El partido. En ella se reflejan los hechos de la forma más fiel posible ―es decir, los más fiel posible a la historia oficial rusa, ya que el Kremlin es uno de los principales soportes económicos del filme―, y en sus títulos de crédito se hace incluso referencia al último capítulo de una historia que sigue más viva que nunca: en 2005, un tribunal de Hamburgo estableció que no existía un vínculo directo entre la muerte de los futbolistas y el resultado de aquellos partidos contra los nazis.

La cinta fue discutida por las autoridades ucranianas temerosas de que reabriera viejas heridas y alentara los ánimos contra los hinchas alemanes ―y vista la versión ofrecida, contra los rusos―, antes del comienzo de la Eurocopa en una región que supura historia y recelos por todos sus poros. Finalmente se estrenó el pasado abril.

Hoy, casi 70 años después de aquella gesta, los que guardan la entrada de aquel partido de 1942 siguen entrando gratis a los encuentros del Dinamo.

Hoy, casi 70 años después de aquella gesta verdadera o no, gracias a quien sea, Europa no es la misma. Alemania ya no es nazi. Pero el sentimiento de humillación provocada por la bota teutona recorre el continente en una suerte de lectura inversa del fantasma marxista. El fútbol, una vez más, se erige como el escenario perfecto sobre el que ajustar cuentas. Y aquí, a falta de talento en las botas, la propaganda puede resultar un arma certera.

Aunque uno siempre preferiría contar con Özil, Gómez o Schweinsteiger en el bando propio.

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