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El miércoles crucé la frontera de EEUU en el aeropuerto de Chicago. Bajo el brazo llevaba el sobre cerrado de la Embajada norteamericana en Madrid para entregárselo al primer agente fronterizo una vez en suelo americano. Según la legislación, este agente tiene la última palabra a la hora de concederme una tarjeta de residencia por la que previamente ya había desenbolsado, entre documentos, trámites y demás tasas arbitrarias, la friolera de 1.200 dólares. El primer contacto fue una mujer de apellido tan americano como Arteaga que tras revisar mi documentación, la introdujo en una carpeta color rosa con la que debía dirigirme al siguiente mostrador tras recoger mi equipaje. Uno nunca sabe cuánto pueden demorar estas cosas y la experiencia me ha probado que no hay una regla fija en cuanto te topas ante un mostrador fronterizo norteamericano. Tenía hora y media escasa para coger una conexión destino Detroit y le pregunté a la señorita Arteaga si tendría tiempo suficiente. Con semblante serio, contestó:

-Quiere su tarjeta de residencia o coger su vuelo?

Dije Ok, gracias y seguí mi camino certificando, una vez más, que la amabilidad y la empatía es lo único en lo que los funcionarios de aduanas estadounidenses no han sido entrenados.

En el siguiente mostrador había un hombre de mediana edad que pidió mis papeles y mi pasaporte y me hizo sentar en una sala de espera a ser llamado. A pocos metros vi como revisaba los papeles, hojeaba el pasaporte y hacía un par de llamadas de teléfono. Luego escuché mi nombre. Contra pronóstico no me hizo ninguna pregunta. Después de varios años pasando por el cuarto oscuro de ese aeropuerto me las sé todas y suelo llevarlas preparadas. Hace un par de años, un funcionario se pasó un par de minutos revisando mi pasaporte para después espetarme:

-Así que eres italiano.

Desconcertado, solo pude articular la evidencia. No, dije, el pasaporte que tiene entre las manos pone España. No hubo contestación de vuelta.

Esta vez no ocurrió nada parecido. Tras tomarme las huellas dactilares, escribió unos números en mi pasaporte.

-Este es su número provisional de Seguridad Social (nada que ver con la Seguridad Social tal y como la entendemos en Europa). Con él puede solicitar trabajo o abrir una cuenta bancaria, dijo.

Esto último no es cierto. Se necesita otro número distinto que hay que solicitar en otro departamento distinto y es complicado. La burocracia norteamericana es complicada, con muchas agencias federales diferente que no cruzan datos, de ahí que fuese posible un atentado como el 11-S, provocado entre otras cosas por un fallo en cadena del sistema a la hora de calibrar una amenaza localizada.

Me devolvió el pasaporte para que continuara mi camino. Antes, cumplió con el ceremonial norteamericano para estos casos.

-Congratulations, Sir. Welcome to the United States Of America.

Agarré mi pasaporte que me acredita como residente legal en EEUU y mientras esperaba el siguiente vuelo experimenté una sensación extraña. De repente me sentí, un siglo después, como aquellos desamparados que llegaban a Ellis Island en Nueva York en busca de la promesa eterna de un nuevo comienzo. Evidentemente no es el caso. Ahora vivo en Francia y esto no es sino una opción más ante la sensación de que algo me dice que pasarán muchos años antes de que vuelva a España.

En el aeropuerto me conecté a Internet, eché un vistazo rápido a los periódicos lo que no hizo sino confirmalo.

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