Etiquetas

, , , , ,

Foto: Javier Cervera-Mercadillo

Fue en una de esas tardes de Peñas que Pontevedra ha convertido con el paso de los años e una velada festiva que con la disculpa de los toros en el coso de San Roque, se acopla perfectamente a la máxima rajoyana de ¡Viva el vino! Por entonces yo era mucho más joven y la barba del en aquel momento ministro de  Administraciones Públicas del primer Gobierno de José María Aznar no pintaba las canas y las preocupaciones de hoy. Estábamos en nuestra salsa y Rajoy se apoyaba en el alféizar de la puerta de un pub que hace mucho tiempo se llamó El Farol y que, poco a poco, se iría convirtiendo en sede del pijerío pontevedrés, especie animal protegida que cuando llegan los toros a la ciudad se convierte en peligrosa.

Puro en mano, copa en la otra, pañuelo al cuello y camisa blanca impoluta. Recién llegado de una tarde de toros estaba rodeado el entonces ministro de sus discretos guardaespaldas y de su cuadrilla pontevedresa de toda la vida con los hermanos Lorenzo al frente. Por entonces no había señales de Viri y sus paseos con su amigo de toda la vida por Silgar estaban en boca de todos, pese a que en Galicia siempre hemos sido muy discretos pues como pueblo pobre sabemos que con las cosas de comer no se juega. Alguien dijo ahí está Mariano y con la normalidad con la que se llevan estas cosas en las ciudades de provincia, donde todos conocen la casa de la que sale cada cual se fue montando el corrillo de curiosos, allegados y solicitantes como si de una tarde pre reyes se tratara. Mariano esto, Mariano aquello. Entre la marabunta, ordenada, ya digo, en Pontevedra todo se hace de manera ordenada siempre y cuando no te pases en día de Peñas por el Campillo lo que no era el caso, Gago se hizo un hueco:

¡Mariano! Cuándo subimos al Pontevedra?

Y de repente, el silencio. Mariano, futbolero como nadie, recogió el guante y lo hizo como lo lleva haciendo en sus décadas de gestor político.

Eso tienes que preguntárselo a este, dijo mientras le pasaba la pelota a Gerardo Lorenzo, entonces presidente del club granate.

Y allí acabó el cuento pues acto seguido Mariano se llevó a toda su comitiva camino del siguiente abrevadero del pijus pontevedrés, probablemente el Casino, centro de operaciones de la especie.

De aquella tarde recuerdo a Gago, una vez entrado en la fase descendiente que conlleva todo pedo bajo el sol, sentado en un bordillo repitiendo: «joder lo que he hecho, joder lo que he hecho, que mi padre tiene un bar, tú no lo entiendes…»

Eran tiempos aquellos en que a los políticos se les tenía cierto respeto, especialmente en ciudades de provincia donde el hecho de ser político confería a uno una especie de aura divina sobre el resto, simples mortales a la espera de la tan socorrida subvención.

Mucho ha llovido desde entonces. Mariano, que sigue sin aprender gallego, le hizo caso a Fraga en una sola cosa: se casó con Viri.

Su fama de buen gestor le permitió aguantar carros, carretas y puñaladas para desafiar al tiempo y llegar a una presidencia del Gobierno que por entonces ni el mismo atisbaba. Las circunstancias han hecho que su fama de buen gestor se haya quedado por un camino en el que, como luces de neón, sigue brillando su otra característica palpable: Mariano sigue siendo ese tipo campechano, inmejorable compañero para esas tardes de viva el vino. Ocurre que ahora solo lo demuestra en la intimidad, suponemos. Ocurre también que en la campechanía como único capital de ciertos políticos  podríamos ahora buscar parte de la explicación al cómo hemos llegado a esto.

Si el pistoletazo de salida al verano español lo daba hasta hace poco el posado tripa adentro de Ana Obregón, el verano gallego era inaugurado a partes iguales por el encendido de puros políticos Mariano al frente en la primera corrida de la feria pontevedresa de la Peregrina y, como no, su primer paseo matutino por la playa de Silgar en Sanxenxo, ese monumento al pijus animalis patrio y al que con el paso de los años se han unido muchos madrileños en busca de la foto-con-político.

No me cabe duda que ambas instantáneas serán las más esperadas este verano. Más si cabe ahora que Mariano se ha convertido en un eterno presidente en fuga. La clase de líder bautizado por Sabino Fernández Campos como «ni está ni se le espera» y con el cuajo suficiente para aparecer solo cinco minutos hace ya seis días en el Congreso para votar unos recortes económicos que no han hecho más que aumentar la hemorragia de un país acechado por los tiburones ante la pasividad de nuestros supuestos socios.

Pero todo esto son menudencias que no consiguen empañar el hecho de que Mariano, como el monarca, es un tipo de puta madre. Para irse de fiesta.

Anuncios