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Basta con acudir por primera vez a una de sus ruedas de prensa, con Feijóo ante el micrófono sabiéndose el rey del mambo. Si fuese un documental de naturaleza, la cosa sería tal que así: Desde el atril y antes de comenzar su discurso y contestar sin responder a una sola de las preguntas que se le hagan, Feijóo echa una larga mirada a toda la sala con el objetivo de localizar rostros desconocidos. Se queda con uno que convertirá en el receptor inequívoco de todo su discurso. Para ti, amor, te lo dedico, parece decir con la mirada. Una vez finalizada la rueda de prensa, al contrario que otros de sus antecesores en el cargo ―Fraga era insondable y Touriño le temía más a un periodista que a su suegra―, Feijóo no huye. Prefiere los corrillos para repartir, ajustar cuentas y, por supuesto, sacar su inacabable tubo de dar cera y aclarar cera. Cuando se baja del atril se dirige directamente y con paso firme al periodista nuevo, el mismo al que ha dedicado sus caiditas de ojos y su discurso desde los micrófonos y reproduce una táctica perfectamente estudiada. Se planta delante, te ofrece la mano derecha mientras con la izquierda golpea amigablemente tu hombro derecho:

―Hombre, cuánto tiempo, dice. ¿Dónde estás ahora?

La pregunta pilla al periodista descolocado. Este pasa de articular palabra y le sigue la corriente. Calla que es la primera vez que saluda a su presidencial interlocutor y éste, tras unos segundos, lo abandona con el convencimiento de que haber ganado uno más para la causa.

Lo sé porque una vez yo mismo fui ese periodista. Lo sé porque se lo he visto hacer en muchas otras ocasiones.

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El día de la toma de posesión del nuevo Ejecutivo la fotografía resultó simpática: en pleno Obradoiro, el sol se reflejaba sobre las carrocerías de una decena de Citroen C4recién adquiridos por la Xunta —matrículas nuevas y contiguas―, después de que la propaganda hiciera de los Audis un símbolo de despilfarro. Entre ellos, destacaba un Mini Cooper, vehículo privado del conselleiro de Industria, Javier Guerra, allí aparcado. Sin embargo, los Audis no habían desaparecido. Si los de la Xunta estaban en el garaje de San Caetano, los demás se mantenían en un discreto segundo plano, lejos de las cámaras de los fotógrafos. Los Audis que trajeron a Santiago a presidentes de Diputación, alcaldes, presidentes de caixas y demás organismos pseudopúblicos aguardaban a sus inquilinos estacionados en la calle que comunica el Convento de San Francisco con la Catedral, símbolos de unas instituciones locales y provinciales de las que Feijóo se ha mantenido alejado y a las que se niega aplicar tajo alguno.

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Un secreto a voces en las últimas semanas son las encuestas internas que maneja el PP que advierten de que podría perder la mayoría en Galicia. De ahí la urgencia de en reformar una ley que, ante el rechazo frontal de los grupos de la oposición en la Cámara y fuera de ella, Feijóo se propone ahora aprobar en solitario haciendo valer, como en tantas ocasiones en estos tres años y medio, su rodillo parlamentario.

Al presumible cambio de las reglas del juego a falta de minutos para el final del partido, hay que unir la reforma del expresidente Manuel Fraga quien, en 1992, propició un cambio legal para incrementar el porcentaje mínimo de votos del 3% al 5% el suelo mínimo para que un partido pueda acceder al Parlamento gallego. Desde entonces el acceso al Parlamento gallego se vende muy caro dejando el juego político gallego en cosa e tres, dos de los cuales están condenados a entenderse para gobernar, de lo contrario el PP tiene las llaves del poder. Con la nueva reforma, su posesión será todavía más fuerte en Galicia, más si cabe con la reciente atomización sufrida en el seno del nacionalismo gallego con la aparición de dos nuevos partidos escindidos del BNG.

Pese a que el órdago de Feijóo se juega aparentemente en clave doméstica, la jugada del presidente gallego tiene un recorrido más a largo plazo y cuyo final es Madrid.

Leer Alberto el conquistador (un perfil y una hipótesis) en Achtungmag.com

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