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Cataluña ha decidido cobrar a los niños que se traen la comida de casa en los famosos tupper, esos cacharros de plástico experimental que hace años animaban las veladas veraniegas de las amas de casa y que hoy van camino de convertirse en el último trending topic de la clase. Tres euros para, según la molt honorable Generalitat, sufragar los gastos de los microondas, neveras, limpieza y monitores. Si tenemos en cuenta la irrefutabilidad del calendario las cuentas son tal que así: cinco días de clase por cuatro semanas resultan veinte días que como diría una azafata del 1,2,3 dan como resultado 60 euros por alumno que ingresará la Generalitat a cambio de nada y porque los ciudadanos hemos llegado a un punto que pasamos por lo que nos echen: ya sea pagar una autopista ad infinitum o nuestra propia comida dos veces. El Gobierno catalán ha sido el primer organismo público en aplicar lo que las aerolíneas de bajo coste y parte de las otras llevan aplicando a sus clientes desde que a un político se le ocurrió la brillante idea de que dejar volar a un tipo como Michael O’Leary era lo mejor que le podía pasar al espacio aéreo europeo. Una especie de Erasmus colectivo solo que en lugar de un año tras el que todo vuelve a la normalidad, los autobuses con alas de los piratas de O’Leary han adquirido ya derecho de Pernada. Cuando tú comienzas a cobrar por los servicios no prestados, ya sea pagar un billete con una tarjeta de crédito sin otra alternativa para realizar la compra (te cobro por comprar y por pagar) o por la comida que uno previamente ha adquirido y preparado en su casa para que el crío no se muera de hambre en el cole, estás dando el pitido inicial para el sálvese quien pueda. Está claro que los españoles llevan años respirando por encima de sus posibilidades y el oxígeno no da para más. Un día de estos, al bajar a la calle nos encontraremos a un señor repartiendo bombonas al módico precio de tres euros y a todo el mundo le parecerá normal porque ya fue Ana Botella la que dijo aquello de que el aire de Madrid está mejor que nunca. A esto llegaremos por no seguir las recomendaciones del FMI cuando advirtió de que ya no nos morimos como antes y por ese mantra que nuestros próceres repiten hasta la saciedad: nos hemos gastado lo que no teníamos aunque esto en verdad sea empíricamente imposible. Hay quien dice que los políticos viven en una realidad muy lejana a la de la calle. A estas alturas de la película uno ya no sabe a quién urge más tomar la pastilla roja que Morfeo le daba a Nero. Matrix nos rodea, está por todas partes, advertía Morfeo. Cada vez está más claro que nuestras alternativas son despertarse en cama cada mañana y pagar por respirar o decidirnos a ver hasta dónde llega la madriguera de conejos. Una lástima que las pastillas rojas hayan desaparecido hace tiempo de las farmacias.

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