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Anberto Núñez Feijóo (archivo La Vanguardia.com)

Tras varias semanas de silencio vacacional, regreso a la realidad. Comenzó como un juego, luego se convirtió en apuesta y ahora en reto personal. Me he propuesto votar por correo en las próximas Elecciones Autonómicas de Galicia que tendrán lugar el 21 de octubre.

—Mejor que trates de completar la maqueta de La Perla Negra, me dijo un amigo mientras tomábamos una cerveza uno de mis últimos días en Compostela.

Es probable.

De aquí en adelante, es decir, hasta el 21 de octubre, como ciudadano de un Estado llamado España, gallego, empadronado en Teo (A Coruña) y residente temporalmente en Dijon (Francia), voy a relatar mis peripecias para conseguir ejercer mi derecho al voto. A ser posible intentar no ser tratado como lo que dicen que somos los expatriados, ciudadanos de segunda.

No debiera ser misión difícil. Al menos en principio. Uno piensa que a fin de cuentas estamos en el siglo XXI y votar es bastante fácil. Pero claro, se trata de España y su complejo sistema electoral para los desplazados, a menudo confundidos con los llamados residentes ausentes, una figura administrativa que tiene mucho de esotérico y abundantes sombras por mucho que haya toda una legislación al respecto. Sé de lo que hablo. En otra vida he sido periodista en activo, he cubierto elecciones y todos sabemos de qué estamos hablando cuando lo hacemos del voto exterior. Especialmente en Galicia. Donde los muertos son sagrados porque como se ha demostrado en reiteradas ocasiones, en Galicia, los muertos tienen mucho que decir, por eso votan.

En Galicia, el número de electores en el extranjero asciende a 397.284, la mayor parte de ellos concentrados en Argentina, donde viven 141.680. La comunidad gallega tiene más del doble de inscritos en el CERA que comunidades como Madrid (150.617), Andalucía (145.218) o Catalunya (115.292), que son las que le siguen en el ranquin. Estas cifras solo cuentan a los inscritos en el CERA y, como mucho a los expatriados apuntados en la embajada española de su país de residencia, un requisito este que no es obligatorio. Es muy sencillo: yo, que vivo en Francia desde el año pasado y no estoy inscrito en la embajada de París ni en el consulado correspondiente, a efectos censales vivo todavía en España.

Antes de relatar mi experiencia quiero establecer una teoría. Lejos de tu lugar de empadronamiento es muy difícil ejercer tu derecho como ciudadano a elegir quién debe gobernarte los próximos cuatro años.

En teoría es una cuestión burocrática pero como toda cuestión burocrática resulta farragosa. El plazo para solicitar el voto desde el extranjero concluye el sábado 22 de septiembre y, en teoría, una vez recibida la documentación, el elector deberá enviar su voto a la mesa electoral, por correo certificado, no más tarde del 17 de octubre. Eso, claro si ha recibido las papeletas correspondientes. Todo el proceso debe completarse en el plazo es de un mes con lo que el elector está en manos del servicio postal y los ministerios correspondientes. Varias administraciones lo que significa que queda en manos de la divina providencia.

Metidos en harina la dificultad tiene una escala de gradación. Lo más sencillo es estar inscrito ya en el llamado CERA, censo de residentes ausentes, los nacionales que viven de forma permanente en el extranjero. El CERA es lo importante. Especialmente en lo que concierne a los residentes de Sudamérica (Argentina, Uruguay, México, Venezuela, Cuba) y Suiza y Andorra, especialmente. Por la sencilla razón de que en estos lugares hay un mayor número de RA, especialmente gallegos. Si eres un CERA eres un privilegiado ya que este año se ensaya un sistema nuevo, el llamado voto rogado por el cual estas personas tienen dos opciones: SOLICITAR su voto por correo certificado al consulado en el que se encuentren inscrito enviando una fotocopia de DNI o pasaporte; o depositarlo personalmente en la urna habilitada en el consulado o embajada en la que se encuentren inscrito, los días 17, 18 y 19 de octubre. Ojo, de cuatro a dos días antes de las elecciones.

Dejado a un lado las suspicacias hay que reconocer cierto avance en cuanto a facilidades y un intento, al menos sobre el papel, de luchar contra el fraude que siempre rodea al voto por correo. Los principales partidos, PP y PSOE, se desvelan por tener contentos a los llamados en Galicia miembros de la diáspora, aunque solo sea cada cuatro años. En esos países, ambos partidos tienen delegados políticos encargados de que todo esté bien atado en la medida de lo posible mercadeando con todo tipo de favores. Que si una ayuda por aquí que si un pase para el hospital gallego de Buenos Aires… Por no decir el simple hecho de votar.

Después estamos los expatriados temporales. Si la expatriación es dentro del Estado español puede resultar relativamente sencillo votar. Te vas a una oficina de Correos, cumplimentas el papeleo y, en teoría, te llegarán las papeletas. Luego espera a que lleguen, que eso es otra.

Si la expatriación, como es mi caso, es en un tercer país como es Francia, cercano, fronterizo, la cosa más o menos es igual pero distinta. Primero he de inscribirme en el consulado, después solicitar, esperar que me lleguen las papeletas, enviar mi voto de vuelta con el consiguiente gasto de tiempo y dinero. Si hemos llegado hasta aquí, se supone que hemos conseguido votar.

Sin embargo la cosa no es tan sencilla por una razón fundamental. Los votantes de terceros países, de países con poca población española son difícilmente controlados por los dos principales partidos y por lo tanto, tanto ellos como sus votos, tienden a perderse o a que ni siquiera les lleguen las papeletas a tiempo. Le pasó a Nando en las pasadas Generales. Estaba en Nueva York. Cumplió todos los trámites pero sus papeletas nunca le llegaron. En cuestión de derechos parece que todavía hay clases.

Uno se pregunta cómo es posible que en pleno siglo XXI, con los avances de las tecnologías de las comunicaciones en España, algo en teoría tan sencillo como ejercer tu derecho al voto sigue siendo una odisea. Por no hablar de la inutilidad del llamado DNI electrónico que básicamente no sirve para nada pues no es usual que la gente cuente con un lector de chip en sus casas. Cómo es posible que Francia, por citar el caso más cercano, permita a sus ciudadanos, expatriados y residentes en territorios de ultramar, votar como un francés de la metrópoli el mismo día de las elecciones (o un día antes debido a la diferencia horaria con la Francia continental y para no verse influidos por los resultados de los colegios avanzada la noche, en el caso de los habitantes de territorios de ultramar) en lugares habilitados para ello (embajadas, consulados, delegaciones culturales…) con la sola presentación de su documentación francesa en regla. Por ejemplo, los franceses residentes en Galicia votaron este año en Vigo, el mismo día que los franceses de Francia y bajo las mismas condiciones horarias.

Alguien malintencionado puede decir: vale, eso es Francia, un país avanzado, y quedarse tan ancho. Es un argumento maniqueo, estúpido y muy propio del español dado a fustigarse en las comparaciones con los vecinos del norte de los Pirineos. Hagamos el ejercicio maniqueo al revés. Los ciudadanos de países como Perú o Ecuador residentes en España votan como sus compatriotas el mismo día de las elecciones y no vale el hecho de que en estos casos el voto es obligatorio. Wilber, peruano residente en Francia, me certifica que en el caso de los expatriados “la manga suele ser muy ancha pues los gobiernos, en interés de sus divisas, entiende la dificultad de algunos para desplazarse”. Pero en fin, dejemos esto a un lado. Ya digo que es estúpido hablar de países avanzado y otros que no cuando, en realidad, todas las administraciones tienen sus problemas.

Entonces por qué en España es difícil, farragoso y a veces imposible votar. La respuesta es sencilla: Porque de esto se trata. Tanto PSOE como PP están muy contentos con un sistema que se presta a sus juegos. Basta realizar un ejercicio simple. En la mayoría de las elecciones, el voto extranjero ha favorecido a los intereses del partido que en esos momentos gobierna en Madrid. Y así hasta el fin de los tiempos por mucho que ambas formaciones se esmeran en decir, siempre que están en la oposición, que “hay que reformar el voto emigrante”. Bueno, parece que se ha hecho, pero como siempre hemos pecado de dejar las cosas a medias. Es cierto que desde la reforma de 2011, los ciudadanos inscritos en el CERA deben pedir expresamente su voto en un intento de atajar el fraude, sin embargo, el hecho de que estemos hablando de nuevo de uso de correo y fotocopias deja abierta la puerta a que este siga existiendo especialmente en aquellas demarcaciones con fuerte presencia de delegados políticos.

Volví a Francia el pasado sábado. Antes, en casa, comencé con la misión acudiendo al Concello en el que estoy censado para pedir información. No sabían. Tras unos minutos de espera la funcionaria me puso al teléfono con alguien que, al otro lado, me dijo lo que ya suponía.

—Tiene que pedir el voto desde el consulado más próximo a su zona de residencia, en su caso debe de ser Lyon pero asegúrese en la embajada.

—¿Y no sería más sencillo ya que estoy aquí, en casa, solicitarlo en el concello en el que estoy censado y que sean ya ustedes los que me remitan la documentación?

—Yo no hago las reglas pero… sí.

Pues nada.

Ayer llamé a la Embajada española en París después de haber buscado el número de teléfono en la web del Ministerio de Exteriores. Antes había intentado llamar al consulado de Lyon pero solo recibí respuesta del contestador. La conversación fue tal que así:

—Uy… el tema electoral lo llevan los consulados. Tiene que ir al consulado que le corresponda, ¿dónde vive usted?

—Dijon.

—Pues en ese caso el consulado que le queda más cerca es Lyon. Abren de lunes a viernes de 9 a 15 horas.

Dijon está a dos horas de coche por autopista de Lyon. La ida y vuelta sale a 16,50 € en gastos de peaje, gasolina aparte. El consulado español de Lyon, a pesar de la información de la Embajada, abre de lunes a viernes de 9:00 horas a 13 horas, según el mensaje del contestador automático que salta cuando uno llama fuera de horario. Prácticamente inaudible entre el bajo tono de voz de quien habla y las bocinas de los coches que se escuchan. No es difícil suponer que alguien con prisas ha grabado el mensaje desde un móvil y en plena calle.

De nueve a una. Un horario flexible donde los haya. Si no trabajas ni estudias, claro.

—Mire, es que yo trabajo en ese horario y Lyon me queda a dos horas.

—También abre el primer sábado de cada mes, me informa la telefonista al otro lado de la línea.

—Sí, pero ese fue el sábado pasado, como comprenderá yo no…

—Uy…, interrumpe la funcionaria (?) de la Embajada. Eso se lo cuenta a los del consulado.

Fin de la conversación. Cuelga.

Contunuará…
Mañana Misión votar desde Francia (II)

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