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Suelo estar a favor de toda cuanta manifestación y huelga se plantee. Bueno, para qué vamos a engañarnos, de casi todas. Ustedes ya me entienden. Sin embargo he de decir que lo organizado en torno a la iniciativa Rodea el Congreso me parece por encima de todo una gran cagada. No lo digo por las hostias en todas direcciones. No lo digo porque no esté de acuerdo (con matices) con el fondo. Lo digo porque rodear el Congreso de los Diputados con la intención (y esto es el gran misterio del 25-S, nadie sabe su intención clara), supuestamente, de «tomar el Hemiciclo y abrir un nuevo proceso constituyente» además de una de esas «quimeras» de las que habla el monarca (esta sí de verdad), es una ilegalidad manifiesta recogida en todos y cada uno de los textos legislativos que dibujan los marcos de este maltrecho Estado. Ojo, específicamente este punto y no la protesta en sí por cuanto que estaba autorizada y contaba con todos los permisos en regla.

Aparte: es de una inocencia, hipocresía e irresponsabilidad supina.

Desde hace unos años se han puesto de moda una serie de frases que todos coreamos sin saber muy bien porqué y que, de tanto repetir, casi han devenido en leyes naturales. Frases curiosas por su obsceno parecido a algunas coreadas por los que se enfundaron camisas pardas en la Europa de entreguerras. Seamos claros.

Es de una infantilidad manifiesta decir que los diputados no nos representan.  Por más que en ocasiones (la mayoría) nos avergüencen sus declaraciones y sus actos; por más que discrepemos de las iniciativas emanadas de la Cámara de Representantes, los señores que las toman nos representan. Por la sencilla razón de que han sido elegidos por todos ―y digo TODOS― nosotros. También por los que no han votado, o los que han dejado su sobre en blanco ya que a nadie debe de escapársele que quien calla, otorga. En todos y cada uno de los sentidos. Puede que seamos ciudadanos kleenex, como señalaba hace unas semanas un popular programa de televisión, y que nuestros representantes solo se preocupen de sus representados cada cuatro años. El problema es que hay muchos que ni siquiera llegan a la categoría mencionada.

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