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Del talento de Ana Botella tuvimos buena muestra cuando la hoy alcaldesa de Madrid instruyó a los españoles sobre la diferencia entre una pera y una manzana. Ayer volvió a dar buena cuenta de una inteligencia y capacidad de análisis solo comparable a la de una Holstein Frisona cuando, tras la tragedia del Madrid Arena, anunció que el Ayuntamiento de Madrid no alquilará más sus espacios municipales para la celebración de macro fiestas. La prohibición sobre la marcha ante cualquier problema es una medida que no hace sino seguir la tónica de este Gobierno en cuanto a jurisprudencia: legislar a golpe de titular y alarma social. Básicamente, lo que ha querido decir Botella a los jóvenes madrileños es: a emborracharse, drogarse y demás, a la puta calle. Cosa que, cree, no podrán hacer puesto que, ¡oh sorpresa! el botellón hace tiempo que está prohibido en las calles de la capital, decisión que como saben todos, ha influido sobremanera en la ingesta de alcohol de los jóvenes en edad de merecer.

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Pero esta es la evolución natural de las cosas en una ciudad que ha pasado de gritar  «rockeros, el que no esté colocado, que se coloque y al loro» a prohibir cualquier movida con patrocinio municipal porque «cuando se juntan en un sitio cerrado grandes masas de jóvenes, mucho ruido, aún más calor y, como mínimo, demasiado alcohol» el riesgo es muy grande. Ya ni les cuento si los que se juntan son peras y manzanas.

Leer Madrid era una fiesta completo en Achtungmag.com

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