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Joe Sacco (Michael Tierney)

Joe Sacco es un tipo bajito, con gafas y el pelo rapado que arrastra un bloc entre las ruinas de la miseria humana. Joe Sacco es dibujante de cómics pero esto es anecdótico. Lo suyo es contar historias con dibujos, sí, pero también con palabras, por lo que podemos considerarlo un periodista, que es mucho más de lo que se puede decir de algunos ―quizá demasiados― de los especímenes que pueblan páginas y tertulias en medios de comunicación tradicionales. Nacido en Malta en 1960, fueron los relatos de sus padres durante la Segunda Guerra Mundial ―la isla, entonces parte del Imperio Británico, fue duramente bombardeada por las fuerzas del Eje―, los que provocaron en él un temprano interés por las historias de guerra y ocupación. En 1981 se licenció en Periodismo en la Universidad de Oregon. Su deseo era convertirse en corresponsal. Periodista sí, pero también un apasionado de los cómics en un momento en el que el medio recoge los frutos de la revolución propiciada por una cultura underground que ya daba sus últimos coletazos y cuyo cronista de excepción había sido Robert Crumb.

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En el proceso de ficcionalizar los hechos ―pidamos aquí una suerte de bula para dejar a un lado a puristas y demás académicos de cuchillos afilados―, los nuevos periodistas centraron su atención en su papel como mediadores. Más allá de ejercer de filtradores, forzaron a los lectores a considerar la idea de que la verdad nunca es objetiva y que los hechos, por sí solos, no necesariamente revelan la naturaleza de un evento de la forma más adecuada. Hay en esta posición un poderoso trasfondo político. El modelo periodístico imperante estaba ―entonces como ahora―, alineado con el poder establecido, de ahí la fuerte controversia inicial creada por los escritores del Nuevo Periodismo en sus textos. Hoy, trabajos herederos de aquel en sus muy distintas denominaciones pueblan las estanterías de cualquier librería. Ya no nos referimos a estos títulos bajo esta etiqueta, simplemente como literatura de no ficción o, más concretamente, crónica, un género netamente periodístico que parece hoy vivir una primavera editorial.

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El reportaje es el género periodístico que más libertad otorga al redactor y que goza de mayor prestigio, sin embargo no siempre fue así. A mediados del siglo pasado en la prensa norteamericana el reportaje, según Wolf, era “un artículo que cayese fuera de la categoría de noticia propiamente dicha”. Lo incluía todo y sus autores eran poco menos que seres marginales en el ya extraño ecosistema de las redacciones. “Los redactores guardan sus lágrimas para los reporteros de guerra. En cuanto a los que escriben reportajes… cuanto menos se hable, mejor”, escenifica el autor de La hoguera de las vanidades.

El destino manifiesto de los autores de reportajes no era otro que perseguir esa gran ballena blanca que es La Gran Novela Americana. En el mundo de Wolfe “no había sitio para el periodista, a menos que asumiese el papel del aspirante a escritor o de simple cortesano de los grandes”. El “descubrimiento” de un periodismo que se podía escribir con elementos de novela y leerse como el género rey hizo que esa ballena blanca estuviese más cerca de los arpones que nunca.

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“¡Bombardeos! ¡Asesinatos! ¡Incursiones! Podrían presentar hoy la noticia de hace un mes ―o del año pasado en realidad―, y ¿quién notaría la diferencia? Han exprimido cada palabra posible de la segunda intifada, han fotografiado a cada madre que gemía, han citado las mentiras de cada portavoz, han detallado cada humillación… ¿Y qué?” (Notas5).

En ese “¿Y qué?” final está encerrado gran parte del sentido de los libros de Sacco. No importa lo que suceda, nada cambiará en la espiral de silencio ―o ruido―, en que los grandes medios han convertido los conflictos que a nadie interesa resolver. Los dardos de Sacco apuntan a la comunidad internacional en general pero también a la labor de sus informadores. “No estoy aquí para mediar y aceptémoslo. Mi cómic arrebatador depende del conflicto. La paz no va a pagarme el alquiler”, admite no sin cierta amargura en Palestina (p. 76).

Leer completo La paz no va a pagarme el alquiler en Jot Down

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