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Foto: Xosé Castro

Foto: Xosé Castro

El 5 de diciembre de 1987 el Casón, un buque de bandera panameña, embarrancó frente a las costas de Fisterra. La culpa, como en tantas otras ocasiones en una costa de nombre maldito fue de un temporal. El Casón cargaba 5.000 bidones, sacos y contenedores con productos tóxicos, inflamables y corrosivos. En el accidente murieron 28 de los 31 tripulantes chinos que iban a bordo. Cinco días después, el buque se incendió lo que provocó un vertido y la Delegación del Gobierno de entonces decidió la evacuación de 15.000 personas a lo largo de toda la costa de Cee, Fisterra y Corcubión. Parte de aquella carga maldita fue recuperada e inició un largo peregrinaje desde la costa a lo largo de la geografía gallega cuyo primer destino fue el Cuartel de Parga en Guitiriz y después el puerto de San Cibrao (unos 180 kilómetros desde la costa y más de 100 de entre estas dos localidades por las carreteras de entonces y montados en tractores conducidos por agentes de Policía), provocando violentas protestas y, sobre todo, miedo entre la población. El Gobierno socialista se negaba a hacer público el contenido de los bidones. Aquel mortífero peregrinaje terminó en el puerto que la por entonces factoría Alúmina-Aluminio (hoy Alcoa) tenía en San Cibrao. Allí pasó cinco días hasta que otro barco se la llevó rumbo al puerto holandés de Amberes. El temor a lo desconocido y la tensión del momento llevó a los 23 miembros del comité de empresa de Alúmina a decretar un cierre total en las actividades de la empresa lo que a la postre provocó pérdidas millonarias a la factoría, dijo el Gobierno. Aquellas 23 personas fueron despedidas junto con buena parte de la plantilla el día de reyes de 1988. La mayor parte de los trabajadores fueron luego readmitidos tras varias sentencias, no así los miembros del comité de empresa que fueron acusadas de ocasionar con su “huelga ilegal” daños irreparables. Su delito, según la sentencia del Tribunal Supremo dictada en diciembre de 1989, fue “incumplimiento contractual grave y culpable por transgresión de la buena fe contractual” al ordenar el desalojo de la factoría y su cese de actividad lo que, según el Gobierno, acarreó pérdidas valoradas en 14.000 millones de las antiguas pesetas tras el enfriamiento de las plantas de producción. Así lo mantuvo la empresa (pública) defendida por el prestigioso abogado Juan Antonio Sagardoy. Fueron condenados y su vida quedó rota para siempre.

Hace años escribí un reportaje sobre ellos. Hablé con tres miembros de aquel comité. Ángel Hernández y Ramón Miguélez Tola, del sindicato USO, y José Andrés Pérez Vila de la UGT. Pasé días preparando el reportaje, conociendo su historia, incluso hablé con Sagardoy quien no tenía dudas de “mala actuación” de los 23 de Alúmina. Sus testimonios me dejaron muy tocado y el reportaje final, insatisfecho. Muy poco espacio para lo que consideraba una gran historia y, sobre todo, una gran injusticia. Una vez más, fueron los trabajadores los que pagaron el pato de un accidente que nunca tuvo que haber ocurrido. Fueron ellos los que pagaron los platos rotos de una tragedia provocada por el mal tiempo y agravada por unas autoridades más interesadas en el dinero y en mantener el secretismo en torno a una carga peligrosa que de proteger a una población amedrentada ante lo desconocido.

La sentencia fue ejemplarizante. Tola así lo creía cuando me lo dijo: “Nós fomos o obxectivo, a cabeza que había que cortar no seo do sindicalismo. Todo foi unha cuestión política. O importante, desde o principio foi eliminarnos. Os bidóns en San Cibrao, a paralización da factoría… só foi o medio”. Recuerda que escuchó tras una puerta una conversación en la sede de CCOO de Madrid en donde se decía que o ellos o la continuidad de una fábrica que tardó tres años en volver a tener representación sindical. La mañana que hablamos no podía disimular la amargura que le acompañaba todavía 20 años después de lo ocurrido. Tras el despido y la posterior condena alguno de ellos tardó hasta seis años en recoger el finiquito. No quería volver a pisar la fábrica. Lo peor, me contaron, el daño causado a su familia en el momento en que la solidaridad inicial acabó por convertirse en miradas de reproche y actitudes acusatorias. La mediatización del caso y la actuación del Gobierno de entonces los convirtió, a ojos de muchos, en causantes de la desgracia de toda una comarca. Sus vecinos, muchos de sus compañeros, los mismos a los que habían defendido como miembros de un comité de empresa comenzaron a verlos como los que casi provocan la ruina de la fábrica que sostenía económicamente a toda la zona. Lo que el tiempo acabó por demostrar resultó otra mentira. La fábrica continuó y solo las sucesivas reconversiones con una privatización de por medio y la crisis actual han terminado por herir de muerte laboralmente a las localidades de su entorno.

Hoy, 25 años después de aquel accidente, La Voz de Galicia ha hecho un recordatorio en su web. Recordamos el naufragio. El miedo de entonces, los muertos. Yo hoy me he acordado de Tola, Hernández, Pérez Vila y sus veinte compañeros. Siempre pagan los mismos.

Hace unas semanas hubo otro aniversario. Otro barco, esta vez de nombre Prestige, encalló ante las costas gallegas provocando la mayor catástrofe natural de la historia de España. Galicia se tiñó de negro. De nuevo el secretismo, las mentiras y la incompetencia de un Gobierno a la hora de lidiar con un mar traicionero, un temporal caprichoso y la piratería marítima en forma de navieras fantasma y buques chatarra.

De nuevo, en el banquillo una cabeza de turco entre los (pocos) acusados. Apostolos Mangouras: un capitán que hoy tiene 77 años. Puede que tenga su parte de responsabilidad, el juez tendrá que decirlo. Lo que parece claro es que el peregrinaje (otro) de un Prestige herido de muerte tiñendo de negro las costas de Galicia no fue obra suya. Algunos de los que lo decidieron, lejos de haber sufrido castigo alguno, son hoy quienes nos gobiernan.

Tras hacer aquel reportaje sobre los 23 del Casón me prometí que algún día contaría la historia de aquellos hombres como se merecía. En forma de libro. Todavía no he cumplido mi promesa. No pierdo la esperanza.

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