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En el imaginario de mi generación, la historia comienza con un tipo de bigote y tricornio calzándose un «¡Se sienten, coño!» en un lugar llamado Congreso de los Diputados. Luego vino el monarca a echar el discurso luciendo medallas y a nosotros se nos quedó grabada en la memoria la mirada vidriosa de nuestros padres ante el tipo que luego se paseaba campechano en moto por las carreteras del país. Entre medias, la intrahistoria familiar convertida con el tiempo ya en leyenda, habla de mi tío llamando a casa una vez cruzada la frontera con Portugal. TVE ha emitido esta semana el capítulo de Cuéntame que relata el Golpe de Estado de 1981 con el notable éxito de audiencia que otorga jugar a la nostalgia. La de los Alcántara es esa serie que va camino de convertirse o en la crónica oficial de la historia reciente de España o en un oráculo al que consultar qué nos deparará el 2021, cuando un día de estos un bisnieto de Antonio abra un nuevo capítulo saliendo al balcón para enviar un wasap desde el Iphone 15.

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De aquella Movida quedaron una música de la que un alto porcentaje no superaría el mínimo criterio del buen gusto y una zona vieja de Pontevedra con las calles forradas de jeringuillas, que era territorio comanche para unas madres aterradas por leyendas que hablaban de legiones de niños pinchándose accidentalmente con las chutas de los yonkis. Como si los yonkis se pudieran permitir el lujo de ir desprendiéndose de su objeto más preciado. La Movidavivió su canto del cisne un buen día en que sus artistas hicieron la ceja para dejar constancia de que cualquier cultura bajo amparo oficial es el pesebrismo que hoy no nos podemos permitir. No importó a nadie que fueran los socialistas los que se hicieran fuertes a base de pelotazos elevando a los altares a banqueros engominados. Una lección que nos tomamos al pie de la letra como se puede ver ahora abriendo cualquier periódico. Quizás de aquellos polvos vienen los lodos recogidos por una derecha que lejos de estar muerta sólo ahora descubrimos que se había pasado unos treinta años de parranda en los que mientras se sacudía toda responsabilidad extendía un manto de irresponsabilidad sobre el resto de la sociedad.

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