Etiquetas

,

top-gun1

Yo lo que quería era ser Tom Cruise en Top Gun. Por aquel entonces no me interesaba tanto Kelly MacGillis como volar en un F14 de aquellos derribando rusos, la encarnación del mal, en aquellas pelis ochenteras. Me pasaba el día haciendo maquetas de cazas y hasta me gasté la paga de varias semanas en un volumen especial del único portaaviones que tenía el Ejército español y que ahora he leído que va camino del desguace. Justo cuando empecé a interesarme más por las Kellys MacGillis que por los aviones supersónicos, las matemáticas y las dioptrías y acabaron por mostrarme el camino para convertirme en juntaletras. De las dioptrías se dio cuenta mi tía Digna un día en mi casa. Yo estaba viendo la tele con gesto estreñido que era mi gesto natural para ver la tele y mi tía soltó:

-Mari, el niño necesita gafas.

Al día siguiente me vi en la consulta de un oculista de la que salí con las alas rotas, una prescripción para unas gafas y un parche en el ojo. Así les gustaba a los oculistas torturar a los críos en aquellos años. Descartados los cielos no que quedó otro remedio que encerrarme en la lectura ya que el parche y aquellas horribles gafas (de pasta, transparentes, todos tenemos un mal día) vetaron durante bastantes años mi acercamiento a cualquier Kelly MacGillis que apareciera por delante de ojo que me quedaba.

Fue en séptimo de EGB cuando en el Colegio Público El Faro de Mazagón, Manolo Conde me preguntó qué quería ser de mayor a lo que yo respondí con un no sé porque a un crío de 13 años no se le deben hacer preguntas tan personales. Le dije que me gustaba leer y que a veces escribía. Manolo Conde se quedó pensativo y contestó:

-Así que vas a ser periodista.

Yo no me tomé muy en serio la predicción de Manolo Conde, sobre todo porque un par de días después nos lo encontramos con problemas de verticalidad en mitad del campo de la feria en la romería del pueblo. El caso es que al cabo de unos meses, al mismo Manolo Conde se le ocurrió montar un periódico como actividad extraescolar y me metió de cabeza en el invento pillándome en mitad del recreo.

-Tú vas a escribir el editorial, me dijo.

Llegué a casa y le pregunté a mi padre qué era un editorial y me señaló un texto de El País. Los siguientes dos días me los pasé encerrado en mi cuarto escribiendo a mano un texto que no podía sobrepasar una cara de folio, según indicaciones de Manolo Conde. La noche antes de la entrega bajé al salón, convoqué a mis padres y mis hermanos y procedí a declamar lo que yo consideraba una obra maestra del periodismo moderno. El texto fue luego cincelado por Manolo Conde y salió en un ejemplar de fotocopias grapadas que se distribuyó por el colegio. Aquel fue el primer y último número del periódico El Faro. No sé si mi texto tuvo algo que ver en la efímera vida del periódico pero durante meses, hasta que olvidé el tema, presumía internamente de haber sido su primer y único editorialista. De aquel texto sólo recuerdo que le zurraba a la Iglesia y eso no está bien visto en un crío de 13 años a punto de hacer la confirmación en la parroquia local que llevaban dos curas pertenecientes a algo que se llamaba Padres Blancos.

Ya en el instituto en Pontevedra, Domínguez el viejo comunista que fumaba dos paquetes de ducados diarios y daba clases de literatura montó un taller de prensa. Me apunté entusiasmado. Durante el trimestre que duró aquello sólo aprendimos dos cosas: que el Ejército era necesario para impedir que nos invadieran los chinos, según la versión de Mariana, reina de las pijísimas Marianas; y que las cosas son según como nos las cuentan. También hice mi primera entrevista. Se la hice a Meli Fandiño que por aquel entonces era una de las voces más reconocidas de Radio Pontevedra, la banda sonora de la cocina de mi casa.

Años después me descubrí emocionado en la sede de Sabón de La Voz de Galicia escuchando a José Luis Vilela y su tradicional bienvenida estival a la legión de becarios cual si un capítulo de Fama se tratase.

-El periodismo es sangre, sudor y lágrimas. Y un buen número de divorcios. Así que quien no esté preparado que se lo piense dos veces.

Más tarde descubrí que lo de Vilela era un clásico que se repetía todos los veranos. Imagino que en los últimos años también hablará de la crisis de la prensa. No lo sé, hay gente a la que le cuesta cambiar de costumbres. El primer día que pisé una redacción llegué a las 9 de la mañana de lo emocionado que estaba. No había nadie y tuve que esperar un par de horas en un bar antes de que apareciera el primero de los que componían la Delegación de La Voz en Santiago. Allí lo aprendí todo. Y a aquella redacción volvería siempre porque aún hoy, años después de dejarla, me siguen acogiendo como si no me hubiera ido nunca. Después de La Voz llegó La Opinión, el Galicia Hoxe, otra vez La Voz y de nuevo el Galicia Hoxe, antes de que la cabecera dijera basta.

Ahora solo piso redacciones de visita. Doy clases de español y literatura en una universidad. A los estudiantes extranjeros les cuesta horrores entender la diferencia entre SER y ESTAR. Llegar a manejar sus diferentes usos lleva años de aprendizaje y conozco a hispanistas extranjeros que aún confiesan sus inseguridades ante esta dualidad. Existe un lugar común a la hora de enseñarla que, en realidad, no sirve de mucho: SER implica permanencia, mientras que ESTAR se asocia con la temporalidad. Ayer fue el patrón de los periodistas. San Francisco de Sales. Que también es mala hostia teniendo en cuenta la desbandada de los últimos años en las redacciones. Yo siempre he creído que el periodismo es una potente droga de la que conviene salirse cuanto antes. O morir en el intento. Por eso no puedo evitar pensar que estar, estoy en la universidad, pero ser, sigo siendo periodista. Que tal y como están las cosas es como querer ser otra vez un Top Gun.

Anuncios