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Reza un viejo dicho popular que hay que tener cuidado con lo que se desea. Mi padre se pasó los últimos dos años de su vida laboral deseando que le llegara un sobre (otro) de la empresa a la que había dedicado los últimos 45 años de su vida. Ansiaba una propuesta de prejubilación. La propuesta de la empresa a la que había servido fielmente durante décadas, sin tomarse un sólo día libre a excepción de los imprescindibles para reponerse de una hernia discal y acudir a los entierros de su madre y su hermano fue todo un ejemplo de la responsabilidad social de nuestras empresas. 63 años, 47 de cotización, más de cuarenta en la empresa de marras, una de las multinacionales más grandes del país, cotizante en el Ibex. El pago a los servicios prestados fue una carta con una indemnización de un año de sueldo y el acuerdo de despido improcedente para poder acogerse al paro. Eso fue el relato de mi padre porque la carta sólo la vio él. Se la enseñaron en las oficinas centrales de Madrid. Se la mostró una señorita muy diligente, de una de esas empresas que salen en Up in the air.

―Esta es una oferta no negociable. Lamentablemente, este documento no puede salir de este despacho. Tómese su tiempo pero no se demore en su respuesta, le dijo aquella señorita.

El Gobierno había ya prohibido las prejubilaciones pero solo para la mayoría de los trabajadores. Las condiciones del despido en España ya se habían rebajado pues como todos saben y seis millones de parados, cuatro desde 2007, pueden atestiguar, para fomentar la contratación no hay como facilitar el despido. Le dije a mi padre lo que pensaba. Lo que te ofrecen es una miseria. Lo que te ofrecen es un fraude de ley en toda regla. Una indemnización mínima por un despido improcedente y parte de la pasta que falta, a chupar de la teta del Estado dos años. Eso sin contar que una vez te hayas comido el paro aún te quedaría otro año hasta los 65. Eso lo sabe la empresa. Por eso la carta no podía salir del despacho. No es una prejubilación, te enseñan la puerta.

―¿Y si dices que no?, pregunté.

―Pues a Sevilla, al taller. Sin horas y sin nada los próximos tres años. Tu madre aquí y yo comiéndome el sueldo base a mil kilómetros.

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