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Apropiarse de lo ajeno siempre ha tenido el halo de romanticismo que rodea a lo prohibido. Siento especial predilección por los atracadores de bancos. Siempre y cuando, claro, el atracador tenga la suficiente elegancia para concentrarse en su oficio, llevarse el dinero sin reparar en la salud física de quienes están encargados de administrarlo y de quienes simplemente pasaban por allí. Y eso mucho antes de que atracar bancos se convirtiera en un acto ya no de justicia social, sino de salud mental. El atraco de bancos vivió su época dorada y hoy es sólo pasto de buenos guionistas. Mi abuela siempre decía que los pobres somos tan tontos que por no saber no sabemos ni robar. Porque robar para no salir de pobres es una tontería como otra cualquiera y lo peor, no sale a cuento. De robar, hacerlo a manos llenas, para que el botín salga convenientemente de España destino a quién sabe dónde y en caso de que te pillen, bien puedas afrontar la minuta de un abogado con contactos, a ser posible en el despacho en el que trabaja el hijo de Gallardón. Porque si algo tenemos claro es que aunque la justicia es ya de pago, sigue siendo ciega. Ahí tenemos sus dificultades para castigar a ladrones de guante tan blanco que sus delitos son simplemente apropiación indebida y otras fórmulas propias de la neolengua para evitar el verbo maldito y la imposición de su nombre al practicante. Emilia Soria entrará en menos de quince días en la trena por comprar pañales y comida para sus dos hijas con una tarjeta de crédito que se encontró en la calle. Ocurrió en 2007, cuando tenía 22 años y estaba, como ahora, en el paro y desesperada. Porque no otra cosa que la desesperación hace que te gastes un dinero que no es tuyo en algo tan aparentemente inútil como pañales y potitos. Dos años y medio de condena a pesar de no contar con antecedentes penales. 193 euros sustraídos, robados, de los que Emilia Soria se apropió indebidamente hace unos años. Usen el verbo que quieran y recuerden a Jaume Matas, a alguno de los políticos de la Valencia natural de Emilia u, ¡oh, casualidades! a algunos de los ex compañeros de partido de Durán i Lleida. Ya pueden ver ustedes que, además de lenta y ciega, nuestra justicia es implacable. Siempre en la misma dirección. La última oportunidad de Emilia para evitar la cárcel por un error que nunca debió cometer (caer víctima de la desesperación) es la llegada de un indulto. Va a tener que ponerse a la cola pues anda la justicia española tan atareada con la urgencia de carromeros, kamikazes y banqueros, que le impide como es norma de la casa y bien sabe David Reboredo, concentrarse en lo importante. Y es que si de algo podemos estar seguros es de que siempre habrá tontos.

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