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La prueba fehaciente de que vivimos en un mundo globalizado es que antes los ex jugadores de fútbol se iban a pillar sus últimos millones a un equipo de algún país árabe bañado de petróleo. Ahora no es necesario pues son los jeques los que han venido a comprarse algunos de nuestros equipos y con ellos se han traído sus millones y su querencia por darse caprichos en forma de ex futbolistas. David Beckham ha firmado hoy con el PSG hasta final de temporada y en su presentación dijo que estaba «bien físicamente», lo que mi santa se apresuró a refrendar ante el televisor. Con Beckham viene Victoria la capital francesa no huele a ajo sino a Parmentier que es un pastel de carne y puré de patatas que suena glamuroso. De Beckham siempre se ha dicho que tenía una diestra de oro. Lo que supimos después es que era lo único que tenía y hasta eso se dejó en Manchester antes de comenzar con su dilatada carrera de vendedor de gayumbos ajustados. Porque a pocos le quedan tan bien como al inglés y por eso Florentino, con ojo clínico para los negocios, se lo trajo a Madrid para ver si su magia servía también con las camisetas, una vez que su adquisición se había convertido en imperiosa por el simple hecho de que Laporta se lo llevó a la boca para encandilar a los socios del Barcelona. Laporta sabía que lo del inglés no podía ser pero sí fueron las elecciones y de rebote se sacó a un pelotero que era la antítesis apolínea del británico: Ronaldinho. Llegó éste a Can Barça precisamente desde el PSG y comenzó a fraguarse una leyenda que duró hasta que el brasileño hizo lo que todos menos Kaká: tirarse a la noche y a todos sus complementos. A vender algo también viene Beckham al PSG ya que se desconocen las cifras de una operación por la que el inglés dijo que no iba percibir salario alguno para asegurar después que éste iba a “ir a la caridad para los niños en París”. El PSG es un club extraño. Con mucho continente al estar alojado en una de las ciudades de más lustre del Occidente moderno pero con poco contenido en cuanto a galones se refiere. Apenas dos ligas, unas cuantas copas nacionales y una Recopa de Europa en el 96 adornan sus vitrinas. Siempre ha sido más vendedor que comprador y en las mentes de los irredentos madridistas están aún las afrentas sufridas por un tal David Ginola primero y Youri Djorkaeff después. Hace un par de años se convirtió en el capricho de uno de esos árabes con el dinero por castigo que se trajo a Ibrahimovic y otros jugadores de relumbre para ocupar el vestuario. Ahora lo entrena Carlo Ancelotti y en el año dos de la nueva era todavía pelea por ganar uno de esos campeonatos considerados de segunda fila como el francés. La temporada pasada fue incapaz de llevarse una Lige 1 que acabó en las vitrinas del Montpellier, un club que en ésta ha regresado a su espacio natural: la mita de la tabla. Ahora el PSG con todo su dinero y estrellas está empatado a puntos con el Lyon en la cabeza de la clasificación pero nada en él hace pensar que tenga asegurado el campeonato. Entre la colección de rumores de los últimos tiempos, el PSG se hace fuerte como posible destino ―uno de tantos― de Mourinho si decide dar la espantada del Bernabéu a final de temporada. En los sueños húmedos del jeque el portugués viene acompañado de Cristiano Ronaldo, en perpetuo estado de insatisfacción como si Dios no hubiese sido bastante generoso con él colocándole al lado a Irina Shayk. De cumplirse el deseo del jeque podemos estar ante uno de los acontecimientos históricos planetarios de los que hablaba la nunca bien ponderada Leire Pajín: un vestuario con CR9 e Ibrahimovic haciendo competiciones a ver quién la tiene más larga ante la atenta mirada de Mourinho. Lo que sería una pena es que Victoria no pudiera quedarse para recibir a Irina.

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