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recessionjobhunters

Al poco de llegar a EEUU me invitaron a una despedida de soltero cuyo resultado se puede resumir en que acabé con Nuño vomitando media botella de burbon. En un momento de la fiesta, fue aparecer dos strippers y desaparecer alguno de los invitados. «Mi señora ―me dijo uno de ellos―, no me permite asistir este tipo de espectáculos». Con las señoritas empolvándose la nariz en el baño mantuvimos veinte minutos de conversación con un tipo que tras preguntarnos que qué hacíamos dos españoles allí se despidió de forma lapidaria: «me encantaría hablar italiano como vosotros». Aquel día aprendí a fiarme de las apariencias y a catalogar como ciencia ficción buena parte del cine universitario yankee de los ochenta.

Siempre he sentido predilección por los presidentes de la CEOE. Uno no sabe muy bien a qué se dedican en la CEOE pero vistas las apariencias, yo suelo imaginarme a sus presidentes como una mezcla de concejal de Urbanismo y viejo secretario político del Komintern. Para los de mi generación, el fallecido José María Cuevas era ese secretario político del Komintern que cuando aparecía tornaba en blanco y negro el televisor llenando la estancia con una voz ronca de inconfundible olor a tabaco rancio. Díaz Ferrán era un señor con una labia memorable para condimentar sobremesas en reservados de lujo justo en el momento en el que las señoritas descocadas comienzan a repartir puros. Dejó muy claro que los tiempos del Komintern habían quedado atrás y sólo el advenimiento de la crisis pudo provocar en él cierto halo de nostalgia cuando dejó escapar aquello de era hora de «hacer un paréntesis en la economía de libre mercado» e instalar el comunismo por un rato. Un mal día lo tiene cualquiera. De su paso glorioso por la CEOE guardamos perlas del calibre de «la mejor empresa pública es la que no existe», que viene a ser una cosa así como el «tuno bueno, tuno muerto» que le cantábamos a los chicos de los leopardos los jueves por la noche frente al Ourense.

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