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Uno empieza a darse cuenta de que las cosas no son como las habíamos imaginado no cuando las resacas se convierten en bodas gitanas de tres días, sino cuando te lo piensas dos veces antes de pedir el tercer Gintonic. De los años gloriosos me ha quedado una foto que me dieron enmarcada y envuelta en papel de regalo en la que aparezco durmiendo sobre uno de los altavoces del antiguo O’Brother. La foto sigue en la estantería de mi habitación haciéndole mucha gracia a mi señora que para ver amanecer tuvo que cambiar Michigan por Pontevedra.

El primer signo de alarma pasó casi inadvertido. Nadie recuerda cuándo volvió a pedir un Gintonic, como tampoco nadie sabe en qué momento comenzaron a llenar las páginas de las revistas trendy. Hay noches en las que desde la barra es imposible saber por la forma de la botella si estamos ante el último perfume de Gaultier o La ginebra. Hoy no se es nadie si no se produce una ginebra propia edulcorada con una etiqueta exótica a la que una camarera añadirá semillas de enebro.

Todo buen borracho de fin de semana comenzó su andadura con una bebida blanca. Un bebedor suele pasar de la frialdad de la bebida blanca a la calidez de la tostada. Solía ser un camino de no retorno. Yo he cruzado la travesía para quedarme en el punto medio del bourbon. Tiene los matices de los buenos escoceses y aquellos de gama media-alta como el Maker´s Mark comparten con el ron antillano un punto de dulzura adecuado. Un día en el bar del Pump Room de Chicago me sirvieron un Old Fashioned y buena parte de la mitología de norteamericana cobró sentido.

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