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Jugadores de Argentina alzan la Copa del Mundo en 1978 frente a Jorge Videla jefe de la Junta Militar

Jugadores de Argentina alzan la Copa del Mundo en 1978 frente a Jorge Videla jefe de la Junta Militar

«Nosotros somos el pueblo, pertenecemos a las clases perjudicadas, nosotros somos las víctimas y nosotros representamos lo único legítimo en este país: el fútbol. Nosotros no jugamos para las tribunas oficiales llenas de militares sino que jugamos para la gente. Nosotros no defendemos la dictadura sino la Libertad».

La leyenda y también Valdano atribuye a César Luis Menotti esta perorata. Menotti fue un tipo que iba para diletante y por esas jugadas que tiene el destino acabó de futbolista, primero, y de entrenador, después. En ambos casos, con mucho más ruido que nueces. Menotti ha cargado con la vitola de ser uno de los representantes de la izquierda (política y futbolística) que se pasea por el césped, sino el que más. El discurso lo pronunció el 25 de junio de 1978 en Buenos Aires. La casualidad quiso que aquel día se jugase la final del Campeonato de Mundo de la que Argentina salió con la copa tras vencer a Holanda por 3 a 1, con goles de Mario Kempes y Daniel Bertoni. La casualidad quiso también que aquel Mundial se jugara en el país de los militares de Jorge Videla. La casualidad pudo ser también la culpable de que Menotti, siendo tan de izquierdas, no se negase a entrenar a un equipo que representaba lo peor de su país. Son detalles menores que sin embargo afectaron a otros jugadores que sí se negaron a participar de aquella pantomima como Johan Cruyff, estrella holandesa, o Wim Rijsbergen, el único jugador oranje que visitó a las Madres de la Plaza de Mayo durante la competición. Cuando le contaron sobre los secuestros, asesinatos y robos de bebes atribuidos a la Junta Militar se negó a jugar. Derrotado, su equipo decidió no ir a la cena de gala con Videla en el hotel Plaza. «Para no sentarnos al lado de asesinos», explicaron. Tarde.

Otros, héroes del balón y diferentes personalidades más conocidas que Rijsbergen, no tuvieron tantos escrúpulos. El Papa bendijo la fiesta. El general Videla, gran aficionado al baloncesto, comenzó condecorando a João Havelange al son de las marchas militares. Mientras, a unos pasos del Monumental de Buenos Aires, la maquinaria de la Escuela de Mecánica de la Armada trabajaba a pleno rendimiento torturando disidentes. A pocos kilómetros, soldados argentinos arrojaban a prisioneros vivos al fondo del mar desde aviones para después recibir la absolución de sacerdotes castrenses. Quizás aquella era la «verdadera imagen de Argentina» a la que se refirió el presidente de la FIFA ante las cámaras de televisión con la medalla al pecho. El capitán de Alemania, Berti Vogts declaró: «Argentina es un país donde reina el orden. Yo no he visto a ningún preso político». Ya se sabe que no acostumbran a ir a ver partidos de fútbol.

Aquel Mundial fue la sublimación de la relación incestuosa entre fútbol y política. Dicen que el fútbol es el deporte más igualitario, más popular, más democrático. Que no entiende de clases. Lo dice quien no sabe del precio de las entradas. Sólo se necesita un balón para jugarlo, aunque ahora los fabriquen niños en el sudeste asiático. Lo que un día fue un juego es hoy un gran negocio y en los negocios es precisamente donde florecen las clases y las diferencias.

Los soviéticos convirtieron el deporte en general y el fútbol en particular en una extensión del Ejército Rojo en la lucha contra el capitalismo. Sus equipos pisaban la hierba como los tanques T34 de Stalin los campos de batalla cosechando, salvo contadas ocasiones, peor suerte. El régimen de Franco utilizó el fútbol como medio para adormecer a las masas con la voz de Matías Prats y el Real Madrid ganando Copas de Europa que alguien bautizó como yeyés. Desde aquella nos quedó bien aprendida la lección. Hay equipos de izquierdas y de derechas, aunque la realidad nos diga que estos puntos cardinales permaneces cada vez más difusos fuera y dentro de los límites del campo. El Barcelona es más que un club pero todavía no sabemos qué; y el Real Madrid es el equipo del Gobierno. Es innegable que lo ha sido de todos. De ahí que haya crecido el mito: el Barça «es de izquierdas» y el Espanyol (sucursal blanca en la Ciudad Condal) «de derechas». Y así generalizaciones ad infinitum. De ahí que se diga que el Atlético de Madrid es el club de las clases populares madrileñas, pese a que en su ADN figure la grasa de los hangares del Ejército del Aire y los colores que trajeron unos ingenieros de Bilbao.

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