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Foto: Alessandro Di Meo

Foto: Alessandro Di Meo

Fue el venezolano Arturo Ulsar Pietri el que dejó escrito en un ensayo sobre el cuento en su país: «Lo que vino a predominar en el cuento y a marcar su huella de una manera perdurable fue la consideración del hombre como misterio en medio de datos realistas. Una adivinación poética o una negación poética de la realidad. Lo que a falta de otra palabra podrá llamarse un realismo mágico». Corría 1947 y lo hizo Ulsar Pietri sin saber que acabaría por definir no sólo buena parte de la literatura latinoamericana, sino de la imaginería del continente. Faltaba un año para que el cubano Alejo Carpentier escribiera en su prólogo a El reino de este mundo la definición de lo que él llamaba «lo real maravilloso», y que venía a ser más o menos lo mismo. Después unos editores catalanes se encargaron del resto cambiando el nombre por una onomatopeya.

Hemos aprendido desde entonces a tirar de recurso fácil para explicar todo lo que tiene que ver con la parte baja del Nuevo Mundo. Nunca hay que descartar las posibilidades que se abren ante la muerte de un líder político en Latinoamérica donde el cadáver de Chávez va camino de convertirse en un muerto que nadie sabe muy bien dónde poner. Fue mentar la posibilidad de embalsamar al finado comandante y todos corrimos a tirar de tópico sobre lo bombero de la idea, incluso desde esa Argentina tan europea. Ellos, que de embalsamar cuerpos saben un huevo.

Tomás Eloy Martínez escribe en Santa Evita sobre la desaparición de la primera señora de Perón: «Su muerte fue una tragedia colectiva. Sin la Dama de la Esperanza no podía haber esperanza. Sin la Jefa Espiritual de la Nación, la nación se acababa». Una frase repetida una y mil veces en las retransmisiones de la oficialista Telesur. Durante el largo sepelio del comandante la emoción embargó de tal manera al periodista que comunicó a la audiencia que «hasta el cielo se ha vuelto rojo». Una nota de color a diferenciar del pronóstico meteorológico ofrecido por un representante peronista con el cadáver todavía caliente de la santa argentina: «como si una gran tiniebla descendiera en todos lados». Al fin y al cabo, si por algo se había caracterizado Perón había sido por lo tenebroso de su gobierno.

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