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Foto: Óscar Vázquez (La Voz de Galicia)

Foto: Óscar Vázquez (La Voz de Galicia)

Ya ha escrito Tallón que la vida es una huida hasta que damos la espantada definitiva. De las huidas nos han dicho que las hay heroicas, hacia delante, a tiempo en espera de condiciones más propicias y por supuesto cobardes. Los grandes estrategas bélicos prefieren una retirada a los cuarteles de invierno antes de que el enemigo te impida ver los rayos de sol veraniegos. Tanto el cine como la literatura nos han dejado ejemplos de huidas legendarias y otras no tanto. También el cine y la literatura nos han mostrado que basta con no huir para entrar en la historia, que viene a ser un lugar como cualquier otro al que escapar aunque amparado casi siempre en una mentira. De las huidas de ficción ninguna como la protagonizada por Doc McCoy y su esposa Carol para salvar el pellejo. Yo, que tiendo al pesimismo crónico, no creo que haya nada glorioso en la huida más allá de perpetuar el instinto más primario: la propia supervivencia. Huidas como la de los McCoy no se dan en la realidad, mucho más prosaica y con tendencia al ridículo o a la tragedia sin punto medio.

A lo largo de mi vida he huido unas cuantas veces. En un par de ocasiones de camas ajenas, lo que no sé de quién habla peor: si de mí o de quien me dejó entrar en ellas. Esas cosas pasan y con la perspectiva que da el tiempo hasta se recuerdan con sonrojante simpatía. Una vez huí con otros de una fiesta organizada por unas chicas bien de colegio femenino a las que no conocíamos. La señal de retirada la dio Rubén cuando sentado en el suelo contra una pared, le soltó a la muchacha que lo acompañaba: «por favor, puedes dejar de tocarme los huevos». Aquella fue una declaración literal. Para huir de un periodismo en el que ya veía que tenía poco futuro  me fui a EEUU. Aquella huida resultó ser un punto y seguido aunque en el momento no lo sospechaba. Allí me invitaron a una fiesta de universitarios que celebraban Halloween. Entre las grandes contradicciones del Imperio está esa que dice que no te puedes tomar una cerveza legalmente antes de los 21 pero sí comprarte una semiautomática para cazar ciervos u otros seres vivos menos inteligentes. La cosa resultó en algo cercano a una toma falsa de alguna secuela de American Pie en la que la sexualidad desbocada era inversamente proporcional a los litros de cerveza trasegados por los jóvenes del Tío Sam. En un momento de la noche, la persona que me había conducido hasta terreno ignoto me arrastró del brazo al tiempo que decía: «Hay que salir de aquí porque viene la Policía». Huimos por la puerta de atrás y rodeamos la manzana mientras las sirenas rompían el machacón sonido que los altavoces escupían al exterior de la vivienda. Como el niño al que acaban de arrebatarle el juguete más preciado de entre las manos pregunté por qué tanta prisa. Mi acompañante contestó de una forma bastante didáctica: «en la casa hay alcohol y menores bebiéndoselo. Tú eres mayor de edad y extranjero. Si te pillan, hoy pasas la noche en el calabozo y mañana, probablemente, en el aeropuerto». Nada que añadir al positivismo yankee. Todas ellas han sido huidas hacia delante, hacia atrás o, incluso, hacia un lado.

De un tiempo a esta parte la huida está más presente que nunca. Nuestro dinero se nos escapa de entre las manos por efecto de una inflación convertida en una de esas leyes tan inviolables como la gravedad. Los capitales se fugan; que es otra manera de huir pero siempre más sospechosa. Huyen los puestos de trabajo, aunque aquí más bien nos los arrebatan para entregárselos a otros dispuestos a peores condiciones que las ya malas. La Globalización ha resultado ser una carrera hacia la casilla de salida de la Historia. Huyen los sospechosos de llevárselo crudo, como huyen de la responsabilidad que tan ricamente aceptaron nuestros representantes. Es la de estos una huida siempre hacia delante, pues ante la tesitura de la dimisión su máxima es retroceder nunca, rendirse jamás. El propio presidente ha hecho de su mandato una eterna escapada. En el camino a ninguna parte ha elevado la excusa tonta a la categoría de arte. Huye porque está cansado o porque hace frío. Huye en directo y deja que otros den explicaciones en diferido. Hemos hecho de la anormalidad la norma y asistimos a las carreras de los próceres de la patria de la misma forma que un turista yankee (sobrio) observa correr a los toros por la curva de Estafeta. En mitad del hundimiento, son los jóvenes los que huyen en un lento goteo del que nadie parece darse cuenta.

Entre las huidas estelares, el lugar más destacado lo ocupa sin duda la protagonizada ayer por los ediles del municipio pontevedrés de Ponteareas. Salieron por la ventana de atrás para evitar toparse con las protestas incómodas de los afectados por la estafa de las preferentes. La manía de los representantes por huir de sus representados no es nueva. Es, si cabe, la derivación más obscena de la natural tendencia de aquellos a situarse a resguardo de estos siempre protegidos por barreras de antidisturbios y demás inhibidores de frecuencia. El primer síntoma de disfunción de nuestro sistema era ese: la fruición con la que los representantes se esconden de sus representados.

Tras la espantada de Ponteareas, dos cosas nos han quedado claras. Es España un país bárbaro con una ciudadanía civilizada hasta el paroxismo. A estas alturas lo milagroso es que nuestros representantes puedan huir saltando por una ventana en lugar de por los aires. Y, por muy teñida de romanticismo, una huida es lo que ha sido siempre; el acto cobarde protagonizado por la misma especie: las ratas.

  

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