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Poco a poco nos volvemos locos

Poco a poco nos volvemos locos

Como Hemingway, yo también tengo una cabaña en Michigan al borde de un lago y rodeada de bosque. Bueno, tener, la tiene mi suegra y, supongo, en parte un banco. Pero es mejor que la realidad no rompa el poco romanticismo que nos podemos permitir. Desde allí todo se ve diferente. Un día fui a pillar el periódico (The New York Times) y una revista (The New Yorker) a un Barnes & Noble que ya no existe. Me calcé mi uniforme vacacional, pantalones cortos, camiseta y chanclas y conduje las 30 millas de distancia que me separaban de la civilización más próxima, que en el EEUU de a pie viene a ser un gran complejo comercial que llaman Mall con la misma fe con la que al brebaje alcantarillado del Starbucks, café. Entré en la tienda y cuando puse delante del operario ambas publicaciones el tipo me miró como si acabara de bajar del espacio. Mi suegra me dijo después que sólo a mí se me ocurría comprar esas cosas en un sitio como aquél. «Otro snob, debió pensar», me dijo.

Toda una vida pretendiendo ser cool y resulta que aún en bermudas era un snob, que es como el americano medio llama a los compatriotas que ve en las series de televisión que transcurren en una gran ciudad. Una revelación sólo comparable al día en el que un crío me llamó «señor» para que lo dejase pasar mientras lavaba el coche delante de casa de mis padres. Señor, a mis 28 de aquella. De allí a encontrar pelos en el lavabo fue un paso y, desde entonces, la decadencia de lo que pudimos llegar a ser y en lo que hemos acabado.

Pasados los primeros dos mil, años en que lo indie hizo furor hasta que nos dimos cuenta de que era la etiqueta más comercial desde la de Levi’s, hemos caminado durante un tiempo como zombis en busca del nuevo maná en el que revolcar nuestras inseguridades. Surgieron los modernos y su desviación herética ―popis. Llenaron los festivales como hongos que había que sortear si no querías salir del foso con la camiseta tres tallas más apretada. Fue un espejismo. Le faltó mitología, morfología y, sobre todo, imaginería social. Y en eso llegaron los hipsters. Como todas las modas partió de EEUU. Un punto de hippy sin colocar, un cuarto de red neck y salpimentar el contenido con camisas de cuadros sacadas de un almacén del Salvation Army. Lena Dunham ha hecho el resto convirtiendo a Girls en el Sex and the City de la nueva generación. Un día te levantas y descubres que la barba de semanas que te dejas a causa de tu alergia a los productos de afeitado es tendencia. Y si encima tu bautizo musical es la Creedence, Dylan y derivados ya estás listo para descubrir en Mumford and Sons la verdad revelada. Eres un hipster. Aunque a tu alrededor sólo haya niñas que gritan al escenario con la misma fruición con la que otras niñas hacen cola de tres días para ver a Justin Bieber.

Seguir leyendo Cuando fuimos hipsters en Achtung!

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