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Feijóo, en primer plano, junto a Marcial Dorado. (El País)

Feijóo, en primer plano, junto a Marcial Dorado. (El País)

«Cuando me enteré de sus causas pendientes dejé la relación», ha dicho Feijóo de Marcial Dorado como yo de alguna ex novia. Con esta frase explicó el hoy presidente de la Xunta de Galicia la información publicada por El País que relataba su amistad con un conocido narco gallego de los años de gloria, antes de que Garzón viniese a estropear la fiesta. Al presidente de la Xunta podemos decirle que uno no escoge a la familia, pero sí a sus amigos y generalmente la elección viene marcada por afinidades de todo tipo. En el tiempo en el que el presidente gallego se paseaba con la crema a medio echar de la mano de Dorado los negocios de éste no eran ningún secreto. O sí. Era el de Marcial ese tipo de secreto que muy bien sabemos guardar los gallegos: a voces sin hacer ruido. Siendo gallego, de cierta edad y con bagaje político, lo raro no es tener una foto con un narco. Lo raro es no tener un álbum.

De las relaciones entre la política ―especialmente el PPdeG por sus años de poder― y el narcotráfico conozco varios libros. Casi todos descatalogados como metáfora de ese manto de silencio que acompaña al ruido ensordecedor. Recuerdo a mi padre mientras conducía por la carretera de Pontevedra a Vilagarcía contando no sólo los negocios para lavar el dinero de los narcos, sino los que vivían a costa del mismo: todos. Ahora decimos eso de que que el vecino pudiera mantener un par de restaurantes, el yate, cinco coches y tres casas con la producción de unas cuantas bateas, muy normal no era. Puede ser, pero todos hacíamos como que sí, especialmente los políticos. Especialmente todos los que se movían en torno a una Diputación de Pontevedra ―nada escapa a las diputaciones en Galicia―, cuyas catacumbas guardan secretos que todos imaginamos pero que nadie se atreve a decir en voz alta. Pablo Vioque fue secretario de la Cámara de Comercio de Vilagarcía y Sito Miñanco cogió el Cambados en la Preferente Gallega y casi lo sube a Segunda División en la temporada 89-90. Los suyos son sólo dos de los grandes nombres que todos recordamos. Si algo marcó la Galicia de los años ochenta y principios de los noventa fue el ruido. El de los desguaces finiquitando buena parte de la flota, el de las planeadoras dibujando la costa cargadas de tabaco, primero, hachís, coca y heroína, después; y el de la pasta corriendo a raudales de las manos de unas pocas familias que alimentaban y, a la vez, mataban a buena parte de toda una generación. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. El padre de Toñito dio de beber y de comer a media comisaría de Pontevedra durante décadas. Su bar estaba enfrente. Es probable que también le diera de fumar. Winston americanode bateadel águila (en referencia al águila poliédrica dibujada sobre las letras en la cajetilla) todos ellos nombres con los que se conocía en Galicia al tabaco de contrabando. Era lo normal, lo raro era el establecimiento que no vendía tabaco de contrabando y el fumador que no lo comprara.

Dice Ray Loriga que la memoria es como un perro tonto, le tiras un hueso y nunca sabes lo que te va a traer de vuelta. Al perro tonto que es la prensa le ha entrado un momento de lucidez para traerle a Feijóo unas fotografías con un conocido narco. Nos hemos llevado las manos a la cabeza y por unos minutos he creído estar en EEUU en lugar de en España. Allá, fotos de este tipo habrían supuesto el final de una carrera política antes incluso de su comienzo. Pero ya sabemos que en cuestiones morales, los yankees son unos bárbaros. Vista la información, hay quien se ha apresurado a desacreditarla diciendo que esto ya se sabía. Puede, pero de ser cierto, el trabajo de Xosé Hermida y Elisa Lois es todavía más grande: ellos han desafiado el muro de silencio.

El caso de la fotografía de Feijóo es un nuevo episodio del realismo mágico gallego. Si Feijóo es presidente, lo es en buena medida gracias a otra fotografía. La del entonces vicepresidente de la Xunta, el nacionalista Anxo Quintana, al sol en el barco de un constructor cuya afición más conocida es la de hundir periódicos. Los medios que la publicaron hicieron de Jacinto Rey una especie de padrino del nacionalismo gallego. Luego llegó Rueda, los lujos asiáticos y el resto es una historia que acaba la noche electoral de 2009 con buena parte de la tribu que cubrimos aquellos comicios recibiendo el amanecer a gintonics en un antro compostelano. Lamentando lo que pudo ser y no fue. Rajoy pidió la dimisión de Quintana. De Quintana, hombre de finas formas, ya nadie se acuerda. Antes de cerrar el periódico que tenía por hobby, Jacinto Rey se cargó a su director por publicar otra foto. El entonces candidato a presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se subió al atunero Moropa, propiedad de uno de los clanes históricos del narcotráfico: Os Caneos. El jefe del clan, Daniel Baúlo, está en prisión. De no haberlo estado, es muy probable que hubiera sido testigo de las palabras del hoy presidente haciendo las promesas que después iba a pasarse por el forro de cubre las bateas. La última dimisión ministerial que se recuerda en España fue por una foto. Mariano Fernández Bermejo se fue de cacería con Garzón, lo que no gustó a la derecha del país que hoy justifica los pecados juveniles de Feijóo. Acabó cesando como ministro de Justicia. Por una foto y una cadera, el monarca acabó soltando un «lo siento me he equivocado» en el pasillo de un hospital en uno de los espectáculos más patéticos que yo recuerdo. Lo del yernísimo, los negocios y las cuentas en Suiza nos lo venden ahora como ruido. Las fotos, como las hemerotecas, son caprichosas. Como a las anteriores, sólo le hacemos caso a conveniencia. Tres tipos se juntan para chocarse las pirolas en una isla en mitad del Atlántico y deciden, como Mambrú, irse a la guerra. Dos de esos tres tipos se fotografiaron con Gadafi y tantos otros. También sus sucesores: Zapatero y Sarkozy incluidos. Éste último, siguiendo la costumbre occidental acabó haciéndole la guerra al viejo amigo-camarada.

En el parte de La Primera de TVE, España parece el reino de Nunca Jamás. Papa, procesiones y turismo constituyen el plato del día. Ayer nos quedó claro en sólo quince segundos que Feijóo era una víctima. Sólo le faltó al cronista decir que el presidente de la Xunta se subió obligado al barco de Dorado. Es tal el eterno retorno impuesto por Somoano que temo que en cualquier momento veamos salir a Fraga de Palomares diciendo que las aguas están estupendas. Don Manuel no está. De estar me imagino lo que habría dicho: si tuviera que dejar la política cada vez que me han fotografiado con un narcotraficante o un dictador… El León de Vilalba bien lo sabía: no en vano hizo fortuna con aquello del Galego coma ti.

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