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La vaca nos ha dado de comer a generaciones de gallegos. Durante décadas fue un signo de poder económico. Existe incluso una pregunta cargada de intención que con los años ha ido perdiendo buena parte del su significado original: e teu pai, cantas vacas ten? (¿Y tu padre, cuantas vacas tiene?) Del país del millón de vacas que escribió Manuel Rivas poco queda ya por obra y gracia de la UE y de nuestros empresarios lácteos. La vaca ha ido convirtiéndose en signo de esclavitud y precariedad, y los gallegos hemos ido desprendiéndonos de ellas hasta el punto de que (entre los que me incluyo) ya ni somos tolerantes a su leche en estado puro. Así en torno a la vaca hemos desarrollado también expresiones peyorativas. Desde el desprecio que comporta la frase «andar ao rabo da vaca», al síntoma de disfuncionalidad mental propio de los foráneos al poner un pie en el rural: «Galicia huele a vaca».

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