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Haley Joel Osment en 'El Sexto Sentido' (1999)

Haley Joel Osment en ‘El Sexto Sentido’ (1999)

Ha dicho De Guindos que nunca ha visto un billete de 500 euros. Es nuestro ministro de la Pasta Gorda uno de esos políticos que certifican que más que iguales a nosotros, nuestros próceres si no son mejores, sí son más listos. Yo, como De Guindos, tampoco he visto nunca un billete de 500 euros. Y no lo he visto porque los billetes de 500 euros no existen. Si me apuras, como el Ratoncito Pérez, son los padres. Una absoluta cuestión de fe. Como aquella vez que mi madre, hace ya varios años, me enseñó uno para que pudiera tocarlo. Mira, un billete de los gordos, me dijo aquella mañana. Aprovéchate porque ni lo estás viendo ni lo volverás a ver, me comentó antes de meterlo en un sobre con otros billetes del mismo color cuyo destino era la oficina de la constructora que estaba haciendo la que sería nuestra casa. Ochenta y tres mil ciento noventa y tres pesetas de las de antes que no existían porque como le dijo el constructor a mi padre, la reforma que pide la podemos hacer, claro, pero son unos tres millones que va a tener que pagar en B. Ya sabe, para evitar problemas y otros inconvenientes. Y efectivamente aquellos billetes de 500 euros nunca existieron ni tampoco yo los vi.

A mí De Guindos me cae bien. No para irme de cañas con él sino para compartir un cóctel al borde de la piscina en una plácida tarde primaveral. Más allá de su apariencia de alto ejecutivo es un tipo tan discreto como se lo permiten los trajes a medida y los relojes de cuatro cifras que se calza. Sabe estar y sabe qué decir. Hasta habla inglés lo que es toda una excentricidad. Ahora ha dicho lo de los 500€ y probablemente tenga razón. Un tipo que ha llegado donde está cobrando de los bancos que han montado esto que ahora llamamos crisis está acostumbrado a no ver dinero. No lo necesita. Como Gordon Gekko sabe perfectamente que un tonto y su dinero no están juntos mucho tiempo. Y de Guindos es un tipo inteligente. Su(s) sueldo(s) de seis cifras va(n) directamente a las cuentas bancarias. No tiene que ensuciarse sus finas manos con el sucio dinero. Paga con tarjeta y si no, hay otros que lo hacen por él. Me dicen los que lo han tratado en privado que es lo que parece, un tiburón que siempre calla lo que piensa para decirlo en petit comité y que otro gallo cantaría si pudiese hacer lo que de verdad le pide el cuerpo. Por supuesto, esto no sería necesariamente bueno para nosotros pero con toda seguridad sí para él. Es lo que tiene de sufrido el servicio público, callar ahora pues la recompensa vendrá más tarde. Con De Guindos no funciona la teoría de la puerta giratoria. Lo suyo no es más que una vuelta controlada mientras el Safety Car está en pista. Lo que diferencia a un rico de un pobre es que el primero nunca ve los billetes de 500 €. Es ver uno y el segundo se pone a enseñarlo como se enseña la foto de la comunión del niño.

Ha dicho también que lo importante es luchar contra el fraude fiscal que es una cosa que le gusta mucho llevarse a la boca a los políticos. Así de carrerilla: «loimportanteeslaluchacontraelfraudefiscal». En el fondo, el fraude fiscal es como los billetes de 500 €: nadie lo ha visto pero todos hablamos de él en teoría. Los que más, los inspectores de Hacienda por eso sus jefes no les hacen mucho caso. Son como el niño de El Sexto Sentido, todo el día viendo un dinero que sin estar se pasa el día de parranda. Aquí el papel de psiquiatra está interpretado por un Montoro al que se le pone cara de Bruce Willis  pero el de la Jungla de Cristal cada vez que amenaza con quemarlo todo para luego mejor no. Yo me pasé un año cobrando en negro y muy bien que me iba. En un mes bueno, cuando la publicidad institucional corría como la coca en los reservados de un restaurante caro, llegué a ganar tanta pasta que me entró vértigo por la falta de costumbre. Como cuando Argentina va a jugar a Bolivia y Messi acaba vomitando el mate. Le pregunté a mi jefe que si no les saldría más a cuenta hacerme un contrato pero me dijo que las cosas, ya sabes… Un día me dijo que mejor no me vieran mucho por la redacción y allí se quedó el tema. Él hacía como que no me veía y yo como que él no estaba. Mis compañeros me llamaban el negro. Como los cheques que cobraba y el César Vidal escritor de 150 libros, yo tampoco existía.

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