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Ilustración: Luis Demano

Ilustración: Luis Demano

Cuando aún no tardaba tres días en reponerme de una buena noche estaba de moda el garrafón. Todo aquel que haya pasado unos años en una ciudad universitaria lo sabrá. Incluso tendría listas con los bares que servían garrafón y los que no. Dónde y qué se podía beber, y dónde y qué no se podía. Recuerdo haber entrado a altas horas de la madrugada en Ruta a tomar la última y preguntarle a un colega que tenía detrás de la barra con qué podía dar la cosa por concluida.

―Pide lo que quieras, todo es lo mismo, me dijo.

La última fue una cerveza. Cualquiera con cierto recorrido sabe que es precisamente esa, la última cerveza, la que termina por matarte. En aquel momento, claro, no había mañana y eso simplificaba mucho las cosas. Hay noches en las que todavía el viejo animal de costumbres que todos llevamos dentro acaba por imponerse y a la mañana siguiente nos consolamos culpando a la última cerveza. Cuando el Concello de Santiago aún tenía claro que la marcha era básicamente de lo que vivía la ciudad decidió que lo del garrafón había llegado demasiado lejos. No es que se pusiera a perseguirlo, lo que sería lo normal en una situación semejante. No. Lo que hizo fue la socorrida solución de encargar un estudio que arrojase luz de una vez por todas a lo que todo experto en noches sabía. El resultado fue el esperado y se comunicó en grandes titulares: «en Santiago no se sirve garrafón». Hecha la catarsis todo volvió a la normalidad. Los locales a servir lo que querían y nosotros a beber lo que podíamos.

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