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Cuando te quedas sin trabajo por primera vez sin razón alguna ya estás listo para todas las siguientes. Porque habrá otras, desconoces el número, pero estás seguro de que las habrá. Tranquiliza saber que seguirá jodiendo lo mismo. La primera vez que me despidieron, lo primero que me jodió pero bien fue la resaca. Apagué el ordenador a eso de las siete y media de la tarde dejando mi página a medio hacer ―mi director me dijo que el despido era efectivo «desde ya», le tomé la palabra―, y me fui a tomar una caña al bar de Madó donde esperé a algunos compañeros para contarles que ahí se quedaban. No volví a casa hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Necesité otras 24 horas para ponerme a pensar una vez bajado el precipicio. Ahora, simplemente, como me dijo mi nueva ex jefa «se ha decidido la no renovación de tu contrato». «Nueva política», añadió, «no más de dos años». Ahora lo que más me ha jodido es que no tenía con quien volver a casa al día siguiente y acabé bebiendo sólo. Sólo hay una cosa más triste que beber sólo, beber sólo en casa. Así que acabé intercambiando un par de MD por Twitter, que además de para montar revoluciones cada tres segundos, sirve a los expatriados para hacernos la ilusión de estar en el bar de siempre.

Después llegan las preguntas. Todas a la vez, y ninguna respuesta mientras miras alrededor y piensas: a) cómo es posible acumular tanta mierda en una casa en la que sólo estabas de paso y b) cómo vas a hacer para llevártela de vuelta a tu verdadera casa. Soy de los que piensan que las mudanzas son buenas. Lo más parecido que tenemos los humanos a la capacidad de los reptiles para cambiar de piel cada temporada. Lo malo es que tras la mudanza se esconda un regreso. A mí no me molestan las partidas, me entristecen los regresos porque tiendo a verlos como una vuelta a casa sin la copa. Por mucho que la afición te espere en el aeropuerto, ya nada es igual.

Casi de inmediato las explicaciones. Te las piden y tú, buenamente, las ofreces. Pero está el pecado original de la ignorancia. No sabes el porqué y a la tercera vez, como un sospechoso en un interrogatorio, te descubres cambiando la versión cayendo en pequeñas incoherencias. Un detalle aquí, otro allá. Ya no recuerdo qué pasó, señor juez. Después ya directamente pasas de coger el teléfono. Lo que menos te apetece es volver a contar la misma historia temiendo volver a caer en una nueva contradicción. Y, así, volver a tener que empezar. Finito, acepto, soy culpable. Impóngame la condena y pasemos a otra cosa.

La incertidumbre del mañana me produce un pánico semejante al de la hoja en blanco. Uno es afortunado, piensa, ni hipoteca ni hijos. Una pareja que, seguro, no te la mereces. Yo siempre he afrontado el mañana de la misma forma que la hoja en blanco: improvisando sobre la marcha. No me ha ido tan mal así que como hombre de costumbres que soy no veo por qué cambiar. He tenido más miedo a los comentarios. Desde que las nuevas tecnologías trajeron los comentarios, los juntaletras tienen con ellos la misma relación que Damocles con la espada. Están ahí, suspendidos. Pero también he aprendido a mantenerlos alejados. Una de las primeras lecciones que me dieron cuando entré en una redacción fue que jamás leyera los comentarios. «Ni leas. Ni escribas», me dijo Mirás Fole, uno de los dos maestros de los que aprendí todo. Pronto entendí que si lo haces, acabas por escribir para ellos y es como vivir por el qué dirán.

Al final no es para tanto. Ahí está González Pons, de profesión sus labores de fin de semana. Igual que nuestros padres se calzaban el chándal y las zapatillas al llegar el sábado, González Pons se viste la americana azulmarinocasinegro tres tallas más pequeña, los vaqueros desteñidos según la moda pija de los noventa y sale a dar mítines. Nadie le hace caso, claro. A fin de cuentas es el que sale a hablar cuando no hay nada importante que decir. Ayer se puso a jugar al Risk para mover las fronteras del extranjero al decir eso de que trabajar en la UE es como trabajar en casa. Y tiene razón. Cada vez se parece más. A mi hermano, que está en Birmingham, lo putean igual que cuando trabajaba en casa. La diferencia es que en la ciudad británica, con su carrera y su máster, es un puteado legal poniendo copas. Algo hemos avanzado, dice.

Yo creo que no volveré. No al menos todavía. Al teléfono y desde el extranjero duele menos contestar a la pregunta de si tengo dinero que mi madre lleva haciéndome desde los quince. Soy afortunado, ahora tengo treinta y cuatro. Algo hemos avanzado.

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