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Fotograma de la versión cinematográfica de 'La insoportable levedad del ser' dirigida por Philip Kaufman en 1987

Fotograma de la versión cinematográfica de ‘La insoportable levedad del ser’ dirigida por Philip Kaufman en 1987

Partamos de la base que usted es un afortunado. Mire a su alrededor. Ha tenido la suerte de nacer en uno de esos países que llaman avanzados o del primer mundo. Para empezar, al salir a la calle hay pocas posibilidades de que su vecino, o el que vive tres calles más abajo o en la ciudad más cercana, le pegue un tiro por qué lleva en la cartera o por cómo piensa. Mírese ante el espejo. Va vestido y calzado. No conoce el hambre. Dentro de su grado de fortuna tiene un trabajo, mal pagado, pero es algo. Su vecino del quinto está en el paro. Pertenece a la generación de los baby boom. Sus padres le dieron la oportunidad de estudiar y la aprovechó. Otros no. Tiene una carrera; vale que no trabaje de lo suyo pero qué quiere, no todo puede ser perfecto. Tiene una pareja que también gana menos de mil colocando ropa en un Zara. Comparten un piso, pequeño pero no necesitan más. No hay hijos; ya no sabe si por egoísmo o porque no pueden permitírselos. Ni hipoteca y, ya digo, es afortunado. Hay quien tiene hipoteca, hijos, pero no tiene trabajo.

Un par de veces por semana se toma unas cañas con los amigos. Cada vez vienen menos, eso sí; algunos ya no trabajan y han pasado de las cañas. Otros han vuelto a casa de papá y mamá. Ya no los ve tan a menudo como antes. Ellos también son afortunados, a los 35, de tener todavía una casa a la que volver en espera de que mejore el tiempo. No tiene vicios inconfesables más allá de esas cañas, unos cigarrillos y algo de lo que llaman cultura: libros, música, películas. Pongamos que ha tachado de la lista música y películas. No porque haya dejado de consumirlas, sino porque ya paga una línea de Internet, unos 40€ al mes. Hay que justificarla, son dos cines y cuatros discos. O al revés, o como usted administre sus gastos que también incluyen ropa y comida. No sólo de alimentar el espíritu vive uno. Con lo de los libros va tirando, tiene cierto respeto por la hoja escrita. Todavía. Pero comienza a sucumbir a la tentación de las descargas de epub. De vez en cuando se pega un viaje con su pareja. En una de esas aerolíneas que llaman de bajo coste y usted de alto sufrimiento porque que lo tratan como a ganado. Pero es lo que hay. Son pocos días, se queda en un hotelucho barato o en un albergue y come de menú o de bocata. Sigue viviendo, mes a mes, consultando una cuenta bancaria que sin estar en rojo, jamás pasa de la primera mitad de las cuatro cifras. Es lo que suele decir cuando sus padres le hablan de familia, casa, responsabilidades y esas cosas que ellos hicieron antes y que ahora esperan de uno. Ley natural, le llaman. Aunque últimamente parecen haberse olvidado.

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