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Imagen de ‘Malditos Bastardos’, Quentin Tarantino (2009)

Uno no elige las batallas que libra. Son las batallas las que lo eligen a uno. También, que no hay enemigo pequeño y que si quieres la paz, mejor ir preparándose para la guerra. Yo me peleé una vez, en el colegio. Fue cuestión de segundos. Todos acabamos llorando así que supongo que la cosa quedó en empate. Pero todo eso dicen y muchas otras tonterías. No sé si ciertas o no, lo que sé es que si la batalla la has de librar contra una compañía telefónica ya puedes darte por muerto o, como mínimo, por jodido. Y ríete de Kafka, su castillo y todos sus procesos. Porque esto es, en realidad, un enfrentamiento con una compañía telefónica: un laberinto sin salida en el que ya no sabes discernir dónde acaba la realidad y dónde comienza una fantasía que nada tiene de heroica. Y así llevo desde el lunes.

Sin razón alguna me he quedado sin línea telefónica y por lo tanto sin Internet. Una necesidad creada, de nuevo cuño, pero que ha entrado en nuestras vidas para ir haciéndose con el calificativo de vital. Especialmente para los expatriados Internet es el último vínculo con el lugar del que te has ido. Jamás había sentido como estos días, en casa y desconectado del mundo, una sensación de vacío tan grande. Como si las paredes se fueran cerrando poco a poco haciendo la habitación cada vez más pequeña y el ambiente irrespirable. Y la sensación de impotencia. Llamar una y otra vez para que te ofrezcan la misma respuesta y ninguna solución: «aparentemente no ocurre nada, señor, seguiremos investigando».

Una consecuencia de estar sin Internet es que (re)descubres cosas que creías olvidadas. Lo malo es que no me ha quedado más remedio que volver a ver la televisión, lo que ha servido para confirmar lo que sospechaba: es una gran mierda, da igual el país. Hace un par de noches me encontré a mí mismo, sin palabras y con los ojos como platos, viendo un Luar en el que Gayoso hablaba un francés perfecto mientras un público idéntico al del original aplaudía el mismo playback del mismo artista de turno. También están las noticias, pero me mantengo alejado. Cualquier día el busto parlante aparecerá vestido de Clint Eastwood en El sargento de hierro para decirnos, cual reclutas, de qué va todo esto: «Estoy aquí para comunicaros que la vida tal y como la habéis conocido ha terminado. Más vale que os vayáis al pueblo esta noche a reíros y hacer el gilipollas, o a restregar vuestras pichitas contra vuestras novias, o a meterla en cualquier agujero. Pero, sea lo que sea, hacedlo, porque mañana a las 6 de la mañana vuestros culos serán míos».

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