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El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, junto al Príncipe Felipe celebrando uno de los goles de España durante la final de la pasada Eurocopa

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, junto al Príncipe Felipe celebrando uno de los goles de España durante la final de la pasada Eurocopa

Reconozco que he sentido cierto alivio en mi vuelta a casa. Mariano Rajoy sale tanto en los telediarios españoles como en los franceses: nunca. Así al menos la transición vacacional ha sido más llevadera. En espera de que salga de la cueva me dicen en Sanxenxo (si usted es una persona de bien, e incluso del PP, dirá Sangenjo) que los alquileres se cotizan más que nunca. Además de sus atracciones estivales habituales, la Marbella galaica cuenta este año con el incentivo de poder ver en vivo y en directo al presidente en su estado natural: relajado, paseo arriba paseo abajo, con un puro en una mano y el Marca en la otra. La situación es tal que sólo hay un sitio capaz de rivalizar con la localidad pontevedresa en cuanto a nivel de expectación, las puertas de Soto del Real. Si hace una semana asistimos en el aparcamiento de la cárcel al dibujo de Bárcenas como el «héroe» de la clase quinqui, ésta hemos estado a punto de montar un reality de máxima audiencia que bien podría llevar por título algo tan sugerente como «Un abogado para Luis». De la misma forma que sospecho a Rajoy matando el calor veraniego en un salón de Moncloa a la espera de que Contador remonte el Tour, imagino a Bárcenas en la última mesa del bar de la cárcel flanqueado por los diez presos más peligrosos de la galería, vigilantes, mientras el jefe recibe el besamanos de los mejores abogados del país.

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