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Foto: LAREPUBLICA.COM

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En 1897 España languidecía y Cuba era una colonia inmersa en los preparativos de una guerra de la independencia destinada a terminar con la metrópoli humillada. Pero la guerra no acababa de arrancar y Frederick Remington, una suerte de corresponsal que el magnate de la prensa William Randolph Hearst había enviado a la isla para cubrir las hostilidades, aburrido, envió un telegrama en el que decía: «todo tranquilo y sin problemas. No habrá guerra, deseo volver». Hearst, sin perder la calma contestó: «manténgase en su puesto, envíe las imágenes que yo le enviaré la guerra».  El 15 de febrero de 1898 explotó el Maine y con él una guerra de la que buena parte se gestó en los periódicos. El resto es historia: EEUU se hizo potencia, se quedó Cuba (el Castrismo es un paréntesis), Puerto Rico y el Canal de Panamá. Nosotros bautizamos una generación literaria.

De Gibraltar poco más sabemos que es un forúnculo en el culo de la Península. Como todo forúnculo, molesta de cuando en cuando pero sólo al que le otorga demasiada importancia. La propaganda oficial nos dice que es un nido de monos y contrabandistas sin especificar el orden ni la naturaleza de cada especie. Más allá de cuestiones zoológicas, Gibraltar ha sido siempre la válvula de escape de la que ha tirado España en momentos de incertidumbre cuando no directamente de ridículo. Es la tensión permanente por un pedazo de roca sobre el que los guardianes de las esencias suelen depositar en centro de las cosas y unos afortunados cientos de linenses su jornada laboral.

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