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Imagen de un partido de fútbol en Kabul (AP)

Imagen de un partido de fútbol en Kabul (AP)

Mi hermano es un madridista atormentado que estos días va desde la vergüenza a la indignación a cuenta del fichaje de Bale. Inmoral, indignante y todos los demás calificativos semejantes surgen de su boca cada vez que alguien habla de la llegada del galés al equipo blanco, previo pago de una cantidad estratosférica que rodaría los 100 millones. Puede ser. Lo será sobre todo, si una vez vestido de blanco, al galés se le pone cara de Kaká nada más pisar el verde. Que el fútbol profesional carece de pudor está fuera de toda duda. Pero lamentarse por ello es una pérdida de tiempo.

Todo se reduce a una cuestión de poder. Ya fuera en Yalta ante Winston Churchill en 1945, o ante el ministro francés Pierre Laval en 1935 (hay dos versiones) nadie lo explicó mejor que uno de los poderosos más cínicos de la historia. Interpelado sobre la necesidad de sentar al Vaticano a la mesa del reparto de la Europa de posguerra (primera) o para que rebajara la presión sobre los católicos rusos (segunda), el dictador soviético espetó: «¿Y ese Papa, cuántas divisiones tiene?»

Uno de los tópicos recurrentes es aquel que habla del fútbol como la prolongación de la guerra por medios pacíficos. Lo que es seguro es que tanto en la guerra como en el fútbol, salvo milagros con los que seguir amamantando nuestro romanticismo, suele ganar el que más armas tiene. Y donde pone armas, pueden poner dinero.

Mientras Bale llega a Madrid, nos rasgamos las vestiduras por lo que está sucediendo en Siria. Para ser más precisos, el berrinche es por si finalmente EEUU se decide a tirar unas cuantas bombas sobre las posiciones del régimen de Bachar el Asad. Una intervención de castigo, no humanitaria, para equilibrar las fuerzas en un conflicto que parece bien decantado para los intereses del dictador. Por la sencilla razón de que, hasta el momento, puede. Y ahí han surgido rápidos y veloces los reparos de la izquierda biempensante a la hora de enarbolar el discurso harto conocido. Tanto, que hasta empiezo a pensar en Rusia y China como garantes de la paz y los derechos humanos en el mundo, sosteniendo sin reparo al dictador como muchas otras potencias regionales de la zona. (…)

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