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Ilustración de J.R Mora

Ilustración de J.R Mora

Vengo de inscribirme en las oficinas del paro francés. Muy desilusionado. El primer día y he salido con una oferta de trabajo debajo del brazo. Yo, que iba para parásito.

Lo sé. Ahora mismo doy asco. Soy consciente de ello. Pero imaginen mi disgusto. Yo me había hecho a la idea de pasarme este mi último año en Francia como uno de esos parásitos que, dicen, viven del sistema. Esos de los que tanto hablan en España. Bueno, también aquí en Francia. El del mantenido por el Estado es un discurso muy socorrido. Sobre todo en tiempos de crisis. Hace sólo once días finalicé mi vinculación laboral con la Universidad de la Borgoña. Han sido dos años y yo ya había echado mis cuentas. Dos años cotizados, malo será que no me correspondan de ocho a diez meses de paro. Lo justo para aguantar antes de la siguiente parada, EEUU. Unos meses sin nada que hacer más que dedicarme a terminar la tesis doctoral eterna. Y escribir. Que ya es trabajo aunque pocas veces uno ha tenido la suerte de verlo remunerado. El sueño de cualquiera al que le guste vivir de juntar palabras. Una especie de sabático cobrando; no mucho, lo justo para pagar facturas. Uno no se hace rico cobrando el paro. Pero tenía razón John Lennon cuando dijo aquello que la vida es lo que te sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes. En Francia además siempre hay que contar con la burocracia.

La semana pasada me inscribí en el Pole d’Emploi. Me citaron para hoy con la intención de que me entrevistara un consejero. Al final fueron dos, la titular y la suplente. Más exactamente en formation, una novata que pronto saldrá al campo a pegar balonazos sola. Aquí es bastante normal que la administración pública cree puestos de trabajo. Para eso está. Y no miro a nadie. Yo ya había cubierto el formulario, formación, intereses y todo eso, lo normal en estos casos. Pero las consejeras volvieron a hacer lo mismo. Revisando todo lo que yo había puesto, no fuese a ser que hubiera mentido sobre mí mismo, pensé. El caso es que en la casilla de pretensiones y siguiendo el diabólico plan que me había trazado decidí poner que sólo aceptaría ofertas de la universidad, contratos de duración indefinida y con una remuneración no inferior a los 2.000 euros brutos mensuales. Echando por fuera. También que no tengo coche y que quiero trabajar únicamente en la localidad en la que resido. Sobra decir que nunca, desde que comencé a trabajar hace más de una década, he ganado esa cantidad de dinero. Uno debe sentirse muy bien con tanto dinero. A mis consejeras les pareció lo normal. Una de ellas incluso hizo un comentario sobre mi formación. «Tienes muchas cosas», dijo. Sí, mascullé mientras pensaba algo así como porque yo lo valgo. Mi plan maquiavélico parecía ir sobre ruedas.

También pregunté lo importante. Mediante rodeos pero yendo al grano: ¿dónde está mi queso? En este país hablar de dinero está mal visto, así que cuidado. Especialmente si quien pregunta es un aspirante a parásito. Y ahí de nuevo la burocracia. Como a mí me pagaba el Ministerio de Educación serán ellos los que me paguen, llegado el caso, mi paro. Para eso, los servicios públicos de empleo tienen hasta quince días para revisar mi situación y enviarme una carta diciéndome que me dirija al Rectorado. Para hacer lo mismo y, lo importante, reclamar mi paro. «Son ellos quienes le tienen que pagar, monsieur», me informó una de las consejeras.

Fue entonces cuando la burocracia gala entró de nuevo en juego. De manera sorprendente, una de mis consejeras se puso a hacer el que yo siempre creí que era una leyenda: el trabajo de una funcionaria de los servicios públicos de empleo de un país, buscar trabajo para un demandante. Una de ellas me preguntó si había pensado en abrir mis expectativas, «sólo por probar a ver que hay». Y claro, no le vas a decir que no. Y yo allí pensando: mire señorita, yo me voy a ir de su país a final de año, así que lo que quiero es cobrar MI paro y pasarme los próximos meses escribiendo. Lo piensas, pero no lo dices. Y en esto es cuando en el ordenador de mi consejera aparecen un par de ofertas. Claro, nada en la universidad. Nada que llegue a los 2.000 euros brutos mensuales, pero en tu ciudad. A diez minutos de casa. ¿Pero qué clase de broma es esta?, piensas, mierda, te temes lo peor. Y lo peor llega: una oferta lo suficientemente decente como para dejarte sin argumentos. Y acabas diciendo que sí. En parte por pudor. Luego, ya en frío sabes que no. Puta educación de orgullo obrero que me inculcaron mis viejos.

Qué país. A quién se le ocurre montar un servicio de empleo público que ofrece a los demandantes posibilidades laborales más allá de ir a sellar una tarjeta cada cierto tiempo. Y así es como mi plan de convertirme en parásito se ha topado con el primer contratiempo. A ver. De momento tengo una entrevista. En un Lycée. Privado. Encima tendré remordimientos de conciencia. Todavía más.

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