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Paseo de Gracia, Barcelona, el pasado miércoles | EFE

La clave de lo acontecido el pasado miércoles me la dio como quien no quiere la cosa la persona que comparte mi vida. Llegó de trabajar, me encontró viendo las noticias y me dijo: «¿Qué pasa con España? ¿Otra vez se va Catalunya?» Yo me quedé mirándola y comprendí que no había nada más que añadir.

A mí que se vaya Catalunya ―que en realidad ha estado siempre yéndose―, no me importa tanto como que los que nos quedemos seamos nosotros. Ésta es una sensación que tiene mucho que ver con el viejo refrán de más vale pedir que robar y que, como todos, no es más que una manera de llevar ese mal compartido por muchos que es en realidad el consuelo de los tontos. Uno al fin y al cabo y como decía el Pep es de un país como Galiza que, por no pintar, no pinta ni para el porcentaje más alto de sus naturales. Supongo que soy afortunado pues no todo el mundo tiene la suerte de vivir con alguien cuya visión no está contaminada. La vacuna que te otorga mirar la vida con los ojos del extranjero, un distanciamiento curioso y teñido de racionalidad del que carecemos los que sufrimos de esquizofrenia identitaria.

Decía Óscar Wilde que «el patriotismo es la virtud de los depravados» y yo siempre he sido muy del distanciamiento irlandés de Wilde. Otro británico (en aquel momento, Wilde era todavía británico), Samuel Johnson, hizo más carrera con su frase al definirlo más bien como «el último refugio de los canallas». Creo que cada uno es libre de elegir sus depravaciones favoritas, pero hay que ser muy canalla para escoger una amparado en un invento como la patria. Tampoco soy muy de nacionalismos por cuanto éstos tienen de impostado, que es casi todo. Sólo hace falta echar un vistazo a quien ahora dice estar pilotando el proceso desde la Generalitat; Dios (o alguien real) nos salve de los salvapatrias. Como cualquier ismo desarrollado, el nacionalismo sólo aguanta hoy una lectura y ésta es económica lo que me parece muy bien pero, por favor, no lo llamen amor. (…)

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