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The Associated Press Foto: Paul White

The Associated Press Foto: Paul White

Yo de pequeño tuve unas gafas como las de Cristiano Ronaldo. Creo que parte de los traumas que arrastro vienen de aquello. También creo que todo comenzó a ir mal el día que alguien se levantó de la cama y le dio por pensar que lo de llevar gafas podía molar. Lo que era una necesidad se convirtió en tendencia. Nos convenció a todos y ahí seguimos: jodidos, medio ciegos y con una pantalla de cristal ante los ojos que se empaña tan pronto como entramos a un sitio donde hay un cambio brusco de temperatura. Pero, eh! Ahora somos hipsters cuando hace poco éramos gafapastas. Algo hemos mejorado.

No es que naciera con las gafas pero me las pusieron relativamente pronto. O tarde, según se mire. Creo que parte de la historia ya la he contado pero ahí va otra vez. El caso es que un día estaba viendo la televisión y mi tía Digna soltó: «Mari, el niño necesita gafas». Y mi madre, que es bastante tranquila menos para cualquier cosa que tenga que ver con sus hijos, no tardó ni un día en conseguir una cita con el oculista. De allí salí con unas gafas, las primeras de muchas, obviamente horribles y, lo peor, con un parche en un ojo. Que ya me dirán ustedes que vaya manera de atormentar a los críos que tenían entonces los oculistas. Ojo vago, le llamaban los muy hijos de puta. Te decían que tenías un ojo vago, te ponían un puto parche con el que parecías idiota y, encima, le cobraban a tu madre 10.000 pesetas de las de antes. Del antes de cuando 10.000 pesetas era una pasta; no como ahora que son 60 euros.

El caso es que ahí comienzan todos los traumas que después arrastramos el resto de la vida. Cuando a un crío le ponen unas gafas viene un billete de ida hacia el infierno que por lo general son los demás niños. Porque el ser humano entre los 13 y los 25 es un hijo de puta. Es cierto que hay algunos, demasiados, que lo son toda su vida pero es seguro que todos lo fuimos durante esa época, justo desde mediados de la secundaria hasta bien entrada la universidad. El punto álgido es la adolescencia, que más que una fase es un criadero de psicópatas. Allí está uno, un lunes por la mañana, con unas gafas horribles y un parche en el ojo y el mundo se te viene encima. Y con él los que antes eran tus colegas. Dejas de ser elegido en el recreo: nadie quiere al gafotas en el equipo, como si tener gafas viniera con el impedimento de pegarle al balón. Pero a los 13 años quién se acuerda del suizo Kielholz que jugó dos partido en el Mundial de Italia en 1934 con sus anteojos puestos. Marcó tres goles. Tampoco del italiano Annibale Frossi en los JJ.OO de 1936 y, claro, estábamos muy lejos de ver todavía al holandés Edgar Davids mordiendo tibias en el centro del campo con unas aeronáuticas gafas pues sufría de glaucoma.

RinusIsrael1Sobra decir que también las posibilidades amorosas se reducen bastante y pronto comprendes que tu campo de acción se reduce a las que también han tenido la mala suerte de llevar gafas, igual de feas que las tuyas. Como contrapartida, ya puedes ser un zopenco, que es ponerte unas gafas y automáticamente te conviertes en un empollón, alguien de quien desconfiar. Como si las gafas fueran una suerte de picadura de araña radioactiva, con toda la responsabilidad pero sin poder alguno. El defensor del United y de la selección inglesa, Norbert Nobby Stilles, usaba siempre gafas. Porque no veía y también porque agrandaban su leyenda de jugador feo y duro. En el Feyenord de los años 70, Rinus Israel salía a todas partes con sus gafas de pasta menos al campo. Entre otras cosas, tenía fama de «intelectual».

Yo creo que por eso a los futbolistas les gusta ponerse gafas. Especialmente fuera del campo y especialmente ahora. Por su bien ganado complejo de inutilidad para cualquier cosa que no sea correr detrás de un balón. Piénsenlo. Un futbolista, por lo general, era aquel que no sabía hacer otra cosa que pegar balonazos en los recreos. Ahí se acabó su vida escolar. Y de aquella viene el pensamiento de creer en las gafas como imposición platónica de la sabiduría. La dictadura de la moda ha hecho el resto y ahí tenemos a Cristiano Ronaldo, ayer, con cara de secretario general del Politburó soviético.

Antes de CR fue Guti, que es una suerte de guía estética para el portugués como en su día lo fue Beckham para el madrileño. Guti hasta llegó a confesar que, a veces, escribía lo que puso en situación de Defcon 1 a todos los sellos editoriales de la capital en previsión de unas hipotéticas confesiones sobre los reservados del Buda. Fue una falsa alarma. Guti dijo que escribía y acabó por ponerse unas gafas que combinó con perilla cervantina que parecía estar encargando el sillón Y de la RAE. También Alves (aunque lo de Alves sí que no tiene remedio) y Neymar, que ha sido el último en sumarse al club.

Cualquier persona normal comenzaría por coger un libro para salir de la ignorancia pero los futbolistas tiran por el camino de en medio y se calzan unas gafas. Es más seguro. Está el caso de Granero, un estupendo pelotero que un día se le ocurrió confesar que leía y tuvo que exiliarse en un equipo de segunda clase de la Premier antes de volver, sin hacer ruido, esta temporada a la Real.

En el fondo hay que disculpar a Cristiano Ronaldo. Si a mí me dan a firmar un contrato así, dudo que pudiera hacerlo sin visitar antes la óptica para asegurarme de no estar ante una alucinación. El problema es que estaba ahí CR con sus gafas de cristal transparente, flanqueado por Florentino, y uno casi tenía la sensación de que el astro portugués iba a sacar de calculadora después de que el presidente blanco abriera fuego cual presentador del 1,2,3: «41 millones de euros brutos, que suponen unos 21 netos por curso hasta 2018 hacen un total de…»

Fue ponerse las gafas y ponerse trascendente con una de esas frases definitorias: «En la vida hay cosas más importantes que el dinero. Es importante, sí, pero no la prioridad», que fue su manera de decirnos que los ricos también lloran. Al final, la renovación de CR con la casa blanca ha tenido un aire de servicio a la patria. De ahí, quizá, la decisión de Florentino de retransmitirla en directo para un país en el que firmar un contrato se ha convertido no ya en noticia, sino en otro triunfo de la marca España.

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