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EUROPA 2011 682

A Madrid se viene meado de casa. Así lo ha decidido el Administrador de Infraestructuras Ferroviarias (Adif) por medio de una nota de prensa que es ya una cumbre de la comunicación corporativa. Dice Adif, que tiene a su cúpula imputada por el accidente de Santiago, que se dispone a «mejorar la calidad de los aseos» en la estación de Madrid Puerta de Atocha, lo que está muy bien pues todo el mundo sabe que hay pocas cosas tan agradables como sentar las posaderas en un váter limpio. El problema es que hay en la nota de prensa de Adif tanta literatura prescindible como en En busca del tiempo perdido de Proust. Hay que llegar hasta la última línea del tercer párrafo para enterarnos de en qué consiste la mejora: pagar. El gran logro de las sociedades desarrolladas ya no es mejorar la vida de sus ciudadanos sino hacer que estos paguen por ello. Hasta el infinito. En un principio se basó en los impuestos pero habida cuenta de que estos ya no llegan pues los hemos gastado en cosas más prescindibles que vaciar nuestras vejigas es hora de que vaciar nuestras carteras. Más.

Está manido recurrir al tópico de que hemos meado por encima de nuestras posibilidades pero parece cierto. Sin ir más lejos, yo mismo tengo momentos en que me sorprendo. Suelen coincidir estos precisamente cuando viajo, me tensiono y no encuentro otra forma de rebajar la presión que visitar cada cierto tiempo el retrete. A otros les da por beber, por las pastillas o por liarse a tiros en un día de furia. Yo meo. Y si hace frío ya es un sindiós. Hace unos años, a unos amigos y a mí no se nos ocurrió mejor forma que pasar el rato que visitar París en diciembre, coincidiendo con la mayor ola de frío que asoló Europa en mucho tiempo. Un frío de la hostia, vamos. Llevábamos pocos días y menos dinero como corresponde a nuestro estatus de precarios, así que como dos de mis amigos nunca habían estado en la capital gala decidieron que iban a exprimir la experiencia a fondo: andando. Me pateé la puta ciudad, a bajo cero, en un peregrinaje insoportable por cuanto a condiciones atmosféricas. Y me dio por mear. Una simple reacción fisiológica contra el frío en el peor de los sitios posibles, París. Dice la nota de Adif que esto de pagar por mear es muy europeo ya que «se trata de un modelo plenamente consolidado en estaciones de ferrocarril europeas y otro tipo de espacios y establecimientos públicos (centros comerciales, estaciones de servicio, etc.), con elevadas cotas de satisfacción por parte de los usuarios.» Es cierto. Hay dos cosas caras en París: mear y todo lo demás. Por eso la entrada del Pompidou está siempre llena ya que sus servicios están abiertos, y por eso hay tantos McDonalds en la capital del Sena. Y por eso la gente se acerca varias veces al día a ver los pies de la torre Eiffel.

Los franceses llamaron a sus primeros urinarios al aire libre vespasiennes, en honor al emperador romano que impuso una tasa a quienes recogían la orina de las letrinas públicas para extraer el amoniaco empleado en la industria textil. Vespasiano tenía mente de emprendedor y la resumió diciéndole a su hijo Tito que «pecunia non olet» (el dinero no huele) cuando éste le recriminó la sucia naturaleza del impuesto. Las vespasiennes de París pronto se convirtieron en un reclamo turístico más. Henry Miller, entusiasmado con el invento, llegó a escribir: «Qué placer debe de dar orinar en plena calle mirando a las hermosas mujeres que pasan!» Años han pasado desde entonces y las viejas vespasiennes han sido sustituidas en su mayoría por cabinas espaciales colocadas estratégicamente para no aparecer nunca cuando tienes necesidad de su uso. Uno se planta delante de ellas con la esperanza de que de la puerta salga el Doctor Who y, por el precio de la meada, nos lleve a dar una vuelta a través del tiempo.

En un momento de apuro parisino uno aprende trucos a partir de la desesperación. Métase en una cafetería y pida un café, pero sólo en la barra, es infinitamente más barato incluso ya que en España. Al menos habrá pagado por el café, podrá leer la prensa y no tendrá límite de meadas. Yo acabé aquel viaje haciéndome un mapa mental de los sitios donde uno puede mear sin la necesidad de pagar un impuesto revolucionario. Porque lo siento, señores de Adif, los de meaderos «con atención permanente presencial y especializada para garantizar la higiene y la seguridad en las instalaciones» que «incorporarán servicios adicionales (como artículos de aseo, higiene, etc.)» es mentira. Los baños públicos son baños públicos no spas por mucho «valor añadido». Están sucios y casi nunca tienen papel; el único valor añadido de este sistema es el que aportan los usuarios, céntimo a céntimo, y que se ocupan de recaudar unos empleados de mirada perdida.

España entró por atrás en Europa hace unas décadas, allí seguimos, y ahora pretendemos hacernos fuertes en sus meaderos. Uno lee la nota de Adif y no entiende cómo los madrileños no están en las calles celebrando sus nuevos mingitorios de pago en lugar de perder el tiempo con la sanidad. El cuarto párrafo es para mear y no echar gota. Adif informa de negociaciones con las empresas de la estación para que los usuarios puedan alcanzar «ventajas». He ahí la tensión no resuelta de toda buena historia. Nunca sabremos si consumir una Coca-cola te dará derecho a una meada o viceversa.

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