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La familia Rodríguez, compuesta entre otros miembros por el abuelo Efrén Rodríguez González y su nieta de ocho años María Ferrer Rodríguez, ha dormido esta noche a la intemperie después de que ayer fuera desalojada de su vivienda en Madrid. (Andres Kudacki/AP)

La familia Rodríguez, compuesta entre otros miembros por el abuelo Efrén Rodríguez González y su nieta de ocho años María Ferrer Rodríguez, ha dormido esta noche a la intemperie después de que ayer fuera desalojada de su vivienda en Madrid. (Andres Kudacki/AP)

La historia no tiene nada de particular más allá de sus propias circunstancias y matices. Es la misma que hemos escuchado, leído o visto todas las semanas en los últimos cuatro años. Una familia sin recursos económicos debe de elegir: o comer o pagar al banco. O incluso a la propia Administración llamada Empresa Municipal de Vivienda y Suelo (EMSV) como es el caso. Decía Bubbles en The Wire que «hay una línea muy fina entre el cielo y esto»; y 1.000 euros es el grosor de la línea para esta familia.

A vista de pájaro, dos camas y el cabezal de otra. Tres personas y las piernas de una tercera. Y su mundo apilado a alrededor sobre la acera, en el número 25 de la calle de la Unanimidad del madrileño barrio de Villaverde. El hombre es un animal y por muy herido, primero son las crías. En el centro de la imagen, el abuelo de la familia arropa a su nieta que está tumbada en la cama sin sábanas, tan sólo una colcha y un edredón malva. La distancia que separa la normalidad de la miseria está en cosas tan superfluas como las sábanas. La instantánea sorprende por su tranquilidad. Yo me pongo en el lugar de esta familia y el primer sentimiento que atrapa es el de vergüenza. La que yo sentiría.

La vergüenza es como los impuestos, una cosa de pobres. También es lo primero que se pierde cuando comienzas a dormir en la calle. Nunca, por ejemplo, después de saquear un banco, estar imputado en un par de causas y sentarte en el consejo de administración de dos multinacionales. Porque para perder algo es condición ineludible haberlo tenido antes. Pasan los días y a Rajoy se le ha instalado en la cara el gesto de Michael Corleone cuando hablaba con Tom Hagen. «Hay cosas que no se podrán demostrar», le dijo a la periodista de Bloombergcuando le preguntó por la corrupción que salpica a su partido. Y allí quedó, sin mover una pestaña, como si nunca hubiera tenido el presidente vergüenza, que están todavía los americanos tratando de buscársela. (…)

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