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Como el futuro ya está aquí, primero fueron los quince minutos de fama a los que según Andy Warhol todo el mundo tendría derecho. Los medios hicieron caja poniendo un rostro a las historias de color de las que tanto gustamos. Después, pronto pues la fama dura lo que duran quince minutos, al chaval comenzaron a caerle hostias por todas partes. Como panes. La mayor parte de anónimos que han encontrado en Twitter el altavoz por el que descargar todas sus frustraciones. Es de agradecer. Sabemos de países en los que la frustración se descarga agarrando una semiautomática y llevándose por delante a unos cuantos.

A mí lo que haya dicho Benjamín Serra, que así se llama el chaval, me importa poco. En primer lugar porque creo que todo el mundo tiene derecho a desahogarse como crea más oportuno aunque yo considere mala idea hacerlo colgando un vídeo de la red. En el fondo, todos los que juntamos letras con mayor o menor fortuna no hacemos otra cosa que desahogarnos. Y también, para qué nos vamos a engañar, darle de comer a ese monstruo que llamamos ego. Otra cosa es la relación que cada uno mantenga con él. En segundo lugar porque su historia poco o nada tiene de particular. La suya es sólo una más de las muchas historias que hemos leído, visto y escuchado desde que nos dejamos estafar como sociedad.

De todo este asunto (aunque dudo que llegue a esta categoría) sí me ha llamado la atención otra cosa. La gente que no sólo ha salido a comerse al chaval sino que ha acudido rápida y veloz a ofrecerle lecciones de vida y milagros de la economía y el mundo laboral nuestro de cada día. Esto no es nuevo en un país que está lleno de expertos a los que las redes sociales les han venido de perlas. En eso ha quedado nuestra revolución. Era de esperar pues al fin y al cabo son sólo 140 caracteres de los que nos han sobrado cien para ver todo el cainismo español resumido en una sola cuenta de Twitter. Decía mi abuela que las cosas hay que tomarlas de quien vienen y sólo hay que echar un vistazo rápido a ese Time Line para hallar la cuadratura del círculo en unos argumentos de lo más pintorescos; así que mejor vamos por partes.

Journalists in the Radio-Canada/CBC newsroom in Montreal, Canada. 1944 (Conrad Poirier)

Journalists in the Radio-Canada/CBC newsroom in Montreal, Canada. 1944 (Conrad Poirier)

Periodismo (y sus etcéteras) «es una carrera de mierda». Bien, gracias. No nos habíamos dado cuenta por eso necesitábamos que periodistas con nómina a fin de mes nos lo recordaran. Al chaval y a los que pasábamos por allí. Yo no sé si la carrera de Periodismo es una mierda o mierda y media. Reconozco que yo no aprendí mucho en ella y sí en la cafetería, leyendo los periódicos y discutiendo sobre ellos. También en la biblioteca. Y sobre todo leyendo. No haber ido mucho a clase fue exclusivamente mi responsabilidad. Claro que tampoco ayudaban unos profesores cuyo nivel dejaba mucho que desear. Y esto era así por la sencilla razón de que la mayoría de los que tuve eran supuestos «grandes profesionales» que venían a contarnos sus batallitas a cambio de 600 euros mensuales y una línea de CV en la que escribir «profesor de universidad». Ambas partes ganaban, especialmente la universidad. Eran infinitamente más baratos que un docente de verdad. (…)

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