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Clara Sánchez, ganadora del Planeta 2013

Clara Sánchez, ganadora del Planeta 2013

A estas alturas se habrán enterado pero si no ya se lo digo yo. No he vuelto a ganar el Planeta. Otra vez. Y no sería porque no lo esperase. Ni si quiera porque no lo deseara. Yo, al fin y al cabo, sí soy un mercenario de la escritura. Diría incluso que peor ya que la mayor parte de las veces ni cobro por ello. No sé si la palabra correcta para definir a alguien que trabaja sin cobrar es gilipollas pero, desde luego, se le acerca bastante. Esperar el fallo de Casa Lara se ha convertido ya en una tradición tan entrañable como aguardar por la portada de Marhuenda. Y con el mismo objetivo, ponerlo a parir cuando no directamente descojonarnos. Yo no tengo mucho que decir del fallo de ayer y menos aún del premio. Joder, allá cada uno, pero a mí los 150.250 euros de la novela finalista me arreglaban algún que otro agujero. No digamos ya los 601.000 que le dan a la ganadora. Si bien es cierto que Lucía Etxebarría ha demostrado que aquí, como pasa con el Gordo de Navidad, también hay juguetes rotos.

José Donoso, el olvidado miembro de esa etiqueta a la que los barceloneses llamaron Boom Latinoamericano, solía decir que «es muy probable que los premios literarios hayan sido creados por algún demiurgo sarcástico para subrayar la carcajada con que el tiempo se venga de las certidumbres». Una frase un poco opaca como corresponde al autor de El obsceno pájaro de la noche. Donoso, al que los premios y el reconocimiento sólo le llegaron al final pero todos juntos, escribió buena parte de aquel libro en casa de Carlos Fuentes. El mexicano, como había hecho con otros de sus compañeros de etiqueta le dio de comer en su casa del DF antes de que el chileno partiera para EEUU, también bajo recomendación suya. Donoso, como muchos otros aunque muy pocos lo admitan por el qué dirán, escribía para comer y eso implica vender libros y, a veces, hasta ganar algún premio. El caso paradigmático es el de José María Gironella. Vencedor de la guerra pero más pobre que una rata se fue de viaje de novios a Cadaqués porque un amigo suyo tenía un taxi y la carrera había sido su regalo de bodas a la pareja. Un obsequio a no desdeñar, más teniendo en cuenta que lo único que Gironella pudo darle a la que sería su mujer el resto de su vida, Magdalena Castañer, fue un ejemplar de Nada, de Carmen Laforet. Más que un regalo, aquel era una realidad y también una declaración de intenciones. El caso es que una mañana en la playa, Gironella decidió jugarse el órdago y le dijo a su esposa: «voy a regalarte el premio Nadal». Margarita se lo tomó tan en serio que esa misma noche regresaron a Girona donde el escritor se sentó a escribir para no levantarse más hasta que tuvo terminada Un hombre. Era 1946 y el día 5 se fueron a la cama tristes pues de aquella todavía no había Twitter por el que enterarse de las cosas. Al día siguiente llegó el telegrama, Gironella no estaba en casa, pero su novela se había llevado el Nadal.

José María Gironella

José María Gironella

Se suele decir que el Planeta da la fama y la pasta y el Nadal sólo el prestigio. A Gironella no le dio ni lo uno ni lo otro aunque es uno de los autores españoles más vendidos y traducidos. En el 53 ganó el Nacional de Literatura y en el 71, por fin, el Planeta. Gironella es hoy un semiolvidado. En parte porque el expresidente Aznar citó su nombre cuando le preguntaron por su escritor favorito. Hay amores que matan. Del Planeta hemos tenido 62 premiados y otros tantos finalistas. Sus libros son sin duda el regalo estrella de las navidades. Queda bien regalar un libro y si el libro viene con un premio debajo del brazo, mejor. La edición es perfecta para adornar una estantería. A mí no me gustan porque odio la tapa dura pero mi madre dice que soy un raro. De los 62 premios Planetas he leído apenas cinco y he conocido profesionalmente a un premiado y a una finalista. El primero era Álvaro Pombo. Qué tipo, vaya mañanita loca. De la novela no me acuerdo. Era un coñazo y la dejé; tiendo a dejar las cosas a medias. Creo que ahora los médicos le llaman trastorno de hiperactividad con déficit de atención (THDA), pero cuando yo era niño eso no existía así que ya no sé. El caso es que era la presentación del Planeta en Santiago y yo acudí a hacer las entrevistas de rigor. En el Hostal. En mitad de la faena, Pombo me pide un cigarro, le digo que no se puede fumar en el Hostal y él dice que los cojones. Una abnegada camarera nos acercó un cenicero. Hora y media después me había desvalijado medio paquete, nos habíamos bebido una botella vino y me contaba que fumar, fumaba pocas veces, pero que cuando lo hacía le proporcionaba una sensación agradable, como la de chupar un buen pene. Es conocido que Pombo carece de secretos en cuanto a sus gustos y le sobra gracia para contarlos. Al final volví a la redacción asustado y medio borracho… No me acuerdo de la novela pero de Pombo sí, un tipo simpático. Me pidió que le enviara la entrevista y tras su publicación me mandó una nota de agradecimiento. También entrevisté a la finalista, Marta Rivera de la Cruz. Una escritora de Lugo que no escribe en gallego pero que monta en cólera por no ser considerada parte de la literatura gallega. En su argumentación, Rivera de la Cruz, que con ese nombre pide un Planeta a gritos, suele preguntar que si acaso Cela, Valle o Torrente no merecen ser considerados escritores de la literatura gallega. Obviamente no, por cuanto la lengua sigue guiando el criterio filológico. Pero allá cada loco con su tema. Cuando vino como finalista la volvió a montar lo que motivó que una de las catedráticas de Filoloxía Galega de la USC ―no recuerdo exactamente su nombre pero sí lo que dijo―, zanjase el tema con una frase lapidaria: «uno tiene que escoger, no se puede ser a la vez cabeza de ratón y cola de león». En el fondo se parece mucho a lo de Marsé cuando dice que «los premios tienen muy poco que ver con la literatura». Una de esas frases que gusta mucho decir (y escuchar), especialmente cuando el que la dice (o el que la escucha) ya ha ganado casi todos los premios. Ahí estaba Cela cuando dijo que el Cervantes era «un premio cargado de mierda» lo que explicó que se le hiciera el culo pepsicola cuando se lo acabaron dando. Al final de lo que se trata es de saber qué es lo importante, como señaló el histórico columnista de Chicago Mike Royko, ganador del Pulitzer en 1972.  «Ni siquiera el Pulitzer se puede comparar a conseguir un Home run», dijo entrevistado en 1982.

Pero ya estoy hablando demasiado y como detalla mi amigo Tallón, soy una persona con un día a día muy ocupado. Al final, como dice mi madre, a mí esto de airear mis trapos sucios me va a traer un disgusto. Yo le digo que tranquila, que total ya no voy a llegar a nada. El año que viene entregan un nuevo Planeta. Creo que para ganarlo es necesario escribir algo antes. Pero yo mantengo la esperanza. He oído que no sería la primera vez.

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