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Foto: ULY MARTÍN

Durante casi cuarenta años el dictador durmió cerca de la mano de Santa Teresa. La mano era en realidad un trozo de dedo enfundado en un guante de plata del que Franco no se separaba ni en vacaciones. Decimos cerca pues no se sabe si además fue con, ya que de las perversiones del Caudillo por la gracia de Dios poco se sabe más allá de que le gustaba ver en sesiones privadas las películas que luego su censura se ocupaba de cercenar al resto de españoles. A la mano de Santa Teresa el folclore popular le atribuye propiedades milagrosas. Entre ellas las de hacer concebir hijos a las madres impedidas por la naturaleza o la de curar la leucemia.

El peregrinar de la mano de la santa no llegó a ser como el del cuerpo de Evita Perón pero casi. Al poco de estallar la Guerra Civil, la reliquia fue requisada por una partida de la CNT en el Convento de las Carmelitas de Ronda y junto a otras joyas fue llevada a Málaga. En febrero del 37, la mano fue encontrada en el cuartel de los Guardias de Asalto por una brigada de falangistas que dieron cuenta del hallazgo a sus superiores. De allí la mano fue trasladada a Salamanca, desde donde llegó a poder de Franco. Éste ganó la guerra, le atribuyó su buena fortuna a la mano santa y acabó por pillarle cariño. Las Carmelitas de Ronda intentaron durante años recuperar la reliquia y, ante las repetidas negativas de Franco, el capellán Rondón intentó consolarlas con una frase que se demostraría premonitoria: «La mano no se pierde, se va con el Caudillo para guiarle en la conducción de la Patria». Llegados a este punto no es difícil deducir que parte del camino que nos ha traído hasta aquí se lo debemos a la voluntad digital de la santa. (…)

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