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Los trabajadores de Canal 9 anunciando el cierre de la cadena.

Los trabajadores de Canal 9 anunciando el cierre de la cadena.

Amalia Sebastián abrió ayer el informativo nocturno de Canal Nou diciendo a los telespectadores que era «un día muy duro para todos los trabajadores de la casa». Pocas horas antes, Alberto Fabra, presidente de la Comunidad Valenciana anunciaba el cerrojo para la RTVV pública después de que una sentencia declarara ilegal el ERE que había dejado en la calle a más de mil empleados del ente público. Ahora, cuando se confirme el cierre, se irán casi 1.700. El cierre de un medio de comunicación es una mala noticia. Para los que una vez ejercimos el que yo sigo creyendo el mejor oficio del mundo. Para sus trabajadores, sobre todo, pues se asoman a un vacío que muy pocos conseguirán evitar. Para el resto, no nos engañemos, la vida seguirá igual. Así lo muestran las audiencias y la de Canal Nou, un exiguo 0,6% de share entre octubre 2012 y mayo de 2013.

Es una noticia triste, sí. Por todas sus implicaciones desde culturales hasta democráticas pasando por el simple desarrollo social de un país. Sin embargo no podemos decir que no fuera esperado. Desde hace tiempo hay toda una estrategia diseñada para acabar con todo lo que lleve detrás el calificativo de público. No seré yo quien defienda o no la conveniencia de la existencia de medios de comunicación públicos. Sobre todo aquí y ahora. Defiendo, sí, la idea y ahí está la BBC para demostrar la existencia de un modelo viable. Claro que los ingleses tienen algo que nosotros no: cultura democrática.

La cultura democrática no se ejerce depositando una papeleta cada cuatro años sino con nuestro comportamiento diario. Entre todas las falacias que hemos escuchado en los últimos años, una de las que más fortuna ha hecho es la de «no nos representan» dirigida a nuestros políticos. Al contrario. Nuestros políticos, cada uno de ellos, sí nos representan. Y mucho. Son un fiel reflejo de nuestra sociedad. Y nosotros los reconocemos como iguales acudiendo cada cuatro años a sancionar sus desmanes con nuestro voto. Entre medias jamás exigimos responsabilidades. Puede que ahora un poco, pero ya es tarde. Una de las cosas que los valencianos, todos, desde el primero hasta el último, han sancionado ha sido el desastre que ha sido la gestión de Canal Nou y que ha conducido a su cierre. Aquí, señores, ya no hay inocentes. Sólo hay grados de culpabilidad.

El gremio periodístico tiene dos características fundamentales. Nos creemos miembros de una tribu especial sólo por el hecho de, de vez en cuando, asomarnos a las bambalinas de la obra. También, de vez en cuando, por codearnos con los que dirigen la función pensándonos, equivocadamente, sus iguales. La otra es la completa falta de empatía con nuestro otro, nuestro igual. No hay gremio menos solidario que el nuestro. De ahí que sólo cuando ya poco se pueda hacer más que expresar el horror con una pataleta, haya quien hable de «rebelión».

Hoy en algunos medios se califica así la representación de Amalia Sebastián en el informativo de noche de Canal Nou. Salió arropada por algunos de los trabajadores que quedan en el ente, unos 400. Ahora. Sebastián leyó un comunicado en el que había mucho de voluntarismo, algunas medias verdades y unas cuantas grandes mentiras. La media verdad estaba en el tercer párrafo y decía que «ni los valencianos ni los trabajadores somos responsables de la mala gestión política y económica que ha hundido este medio». Hay que decir que esto no es del todo cierto. Los trabajadores de un medio público, esto es, de todos, cierto es que no son responsables de su gestión pero sí de su producto final. Ayer, en el plató de Canal Nou no había ningún «rebelde» sino muchos cómplices durante años con el funcionamiento de un medio que ya no pasaba (como otros, la mayoría de los públicos) de ser un instituto de propaganda oficial. Así lo confirmó la mentira de su discurso, que vino por omisión. Ayer, por primera vez, los «rebeldes» de Canal Nou hablaron de «ex directivos de esta empresa (que) están implicados en casos de corrupción ligados al caso Gürtel, ex directivos también que están imputados en casos de abusos sexuales a trabajadoras de esta casa, y ex directivos de esta televisión que han hecho un ERE ilegal y ahora los trabajadores hemos de pagar los platos rotos y renunciar a un servicio público». Cosas así nunca se habían dicho en Canal Nou. Por lo tanto, ayer en el plató, repito, no había ningún «rebelde», solo cómplices. Necesarios hasta que han dejado de serlo.

Esta mañana en una radio privada, Amalia Sebastián decía que los trabajadores tienen que «entonar un mea culpa». Por noticias que dieron ayer y nunca antes. Venía reconocer lo evidente, su complicidad y por tanto su parte de responsabilidad. Tarde. Ella y otros como ella han prestado voz a las mentiras, por lo tanto no hay ninguna inocencia ni rebeldía en su comportamiento. Me pregunto por tanto lo que deben de estar pensando los trabajadores de Telemadrid, CRTVG, Tv3, etc. Y claro, los de RTVE. Canal Nou ha sido la primera (exactamente fue la TV de Murcia pero esta era de reciente creación) pero todo hace indicar que no será la última. Ahí están las reacciones de los buitres que aguardan a recoger los pedazos del naufragio. En un tiempo a precio de coste, ahora será gratis.

No deja de ser curioso que esta mañana la locutora de radio (privada) llamara «rebelión» a hacer lo que se supone que es el trabajo de un periodista. Contar lo que pasa, no ser cómplice de su ocultamiento. Y ojo, no hablo de la mentira de la objetividad. Un periodista jamás debe ser objetivo porque además es imposible. El ser humano es subjetivo. Un periodista debe de ser honesto. Si no llámese propagandista, tertuliano a sueldo, director de La Razón o ABC o perrito faldero; pero no periodista. Y debe ser honesto especialmente en un mm.cc público, esto es, de todos; esto es, pagado por todos.

Uno, que ha sido trabajador de medios privados puede entender ciertas disculpas. Especialmente la de que hay que comer e incluso pagar la hipoteca. Pero ésta, a estas alturas, y en el contexto de los medios públicos ya no es suficiente. No es más que una justificación cortoplacista y demagógica. Casi a la altura de la explicación, hoy, de Fabra al decir que no cerrará un hospital o una escuela para mantener la RTVV. Ustedes, nosotros, todos, hemos tragado. Cada uno en la medida de nuestras posibilidades. Para conseguir el pan de hoy hemos apuntalado el hambre de mañana. Y esto no se ciñe solo al contexto de los medios de comunicación. Sin embargo, soy optimista. Creo que vivimos «un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento», tal y como Bolaño abría 2666 reescribiendo el verso de Charles Baudelaire. El modelo se ha ido a la mierda pero el periodismo está mejor que nunca, sólo hay que saber dónde buscarlo y, entender, que hay que pagar por ello.

No deberíamos olvidar que si ayer Fabra no hubiera echado el cerrojazo en RTVV, hoy los periodistas de la «rebelión» seguirían contando las mismas mentiras, seguirían siendo cómplices de lo que ayer, tarde y mal, se atrevieron a decir. Cuando el suelo y sus asientos se movían bajo sus pies y sus culos. En un medio de comunicación privado, cada uno es la voz de su amo. Y eso es algo que debemos entender. Un medio no pertenece a sus lectores, oyentes o televidentes. Otra gran falacia. Un medio privado pertenece a sus accionistas. Lo demás es puro ruido aunque nos lo diga un periodista con complejo de showman subido a una grúa. Hay que aceptarlo. Sin embargo, en un medio público, los periodistas son trabajadores y en función de su trabajo son cómplices, no «rebeldes». Y la inmensa mayoría de los periodistas que trabajan en medios públicos en España son cómplices.

Así que por favor, no lo llamen «rebelión».

 

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