rajoy puro

A pedir un informe es lo primero a lo que se apunta un cargo público justo después de subirse a un coche oficial. De repente uno ya no puede ni ir al baño sin antes acreditar la veracidad de la imperante necesidad fisiológica de expulsar líquidos que supuestamente atribuimos al cuerpo humano. Mariano Rajoy ha dicho que va a encargar un informe para saber si las alambradas con cuchillas que su Gobierno ha instalado en la verja que separa el segundo mundo del tercero pueden dañar a las personas. Rajoy es un conservador en el sentido de Sheldon Cooper, incapaz de sentar sus posaderas en otro sitio que no sea su lugar en el sillón de casa. Por eso no sabe todavía si la carne humana es sensible al metal afilado del que están hechas las famosas concertinas. Rajoy, gran lector del Marca yotrora mejor fumador de puros, está en el ecuador de la legislatura asegurándose las lecturas para los dos años que le quedan por delante. Mariano es una figura quijotesca. Un loco persiguiendo gigantes imaginarios. Ante la incomprensión que suscitan sus frases ha decidido medir sus palabras como nadie. El «dientes, dientes» de la tonadillera ha sido reconvertido por el político gallego en un lacónico «llueve mucho». Su triunfo ha sido total. Ignorando los problemas ha conseguido que no le afecten ya ni las pataletas a golpe de carta apostólica dominical de Pedrojosé. Dos años lleva esquivando la mierda, dejando que en ella se hundan otros con el mandato de que el que resiste gana. Dice que no habrá cambios en su Ejecutivo ya han corrido a vaciar los cajones del despacho en espera de nuevo destino. Si algo ha demostrado el presidente en dos años es ser predecible: hace justo lo contrario a lo que dice.

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