El último hombre

El 11 de febrero de 1990 fue puesto en libertad. Christo Brand, el que fuera su carcelero desde 1978 le dijo: «señor, es usted un hombre libre». Él le respondió: «No, yo siempre he sido un hombre libre». Nelson Mandela, el negro nacido en la zona rural de Transkei depositario de la sangre real de los Xhosa, el estudiante de Derecho en la Universidad de Johannesburgo; el líder del brazo armado del Congreso Nacional Africano y luego de todo el CNA y de los negros subyugados bajo el Apartheid; el preso número 46664 que consiguió acabar con el sistema que lo había mantenido 27 años encerrado en la prisión de Robben Island; el terrorista que logró ser venerado por las que debían ser sus supuestas víctimas; el hombre que evitó que su país se ahogara en un baño de sangre; el estadista cuyas palabras han conseguido poner un nudo en la garganta al que esto escribe tomó posesión como presidente de Sudáfrica cuatro años más tarde, el 10 de mayo de 1994.

Madiba, como cariñosamente lo conocen sus compatriotas, falleció el jueves poco después de las once de la noche hora española. Ya habrán leído todo sobre su vida y milagros. Y todo será poco. Así que yo no les daré mucho la lata. Solo recordar dos cosas. Tal y como tituló ayer The Onion, el semanario satírico estadounidense, «Mandela se convierte en el primer político en ser echado de menos». Y esa puede que sea su gran lección. Pese a todo, el ser humano necesita de referentes en los que mirarse y él se ha convertido en el único personaje de la historia sobre el que nadie tiene nada en contra que decir. Bueno, Margaret Thatcher sí. Ella, que fue bautizada como la Dama de Hierro, le llamó «terrorista». Mandela no estaba a la altura de otros como Augusto Pinochet, un «hombre íntegro y bueno», para la política británica. Dicen que la historia pone a cada cual en su sitio. Por eso me gusta pensar que ahora Thatcher estará viendo, desde ahí abajo, a Madiba, allá arriba.

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