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La primera vez que pisé una redacción estaba cerrada. En realidad no, solo estaba vacía. Pero una redacción vacía es como si estuviera cerrada. Había salido de casa con tanta emoción que llegué a las nueve de la mañana. Tuve que esperar una hora en una cafetería cercana a que el primero de los que iban a ser mis compañeros aquel verano hiciera aparición. Es esta la primera regla que debe aprender un becario: a la redacción se llega más bien tarde y a poder ser con la libreta llena. Una vez dentro y tras pasar revista con quien iba a ser mi supervisor hice lo que todos los becarios el primer día: agazaparme detrás del ordenador que me habían asignado, procurando no hacer mucho ruido. Y allí estaba cuando llegó Nacho, pasado el mediodía. Como siempre con la libreta llena y la sonrisa dibujada en la cara. Se sentó cerca de donde estaba yo, habló con algunos de los que por allí pululaban, encendió el ordenador y de repente me soltó:

―¿Qué pasa? Que no se saluda a los compañeros o qué.

De aquella, además de gilipollas era tímido. Ya no soy tímido. El caso es que vencí mi vergüenza, me levanté y fui a saludarlo. Me pasé los tres meses siguientes pegado a su cola.

En esto del periodismo, yo he procurado aprender de muchos; pero maestros he tenido dos y ambos en aquella redacción de La Voz de Galicia en Santiago de Compostela. Uno de ellos es Nacho Mirás Fole.

Nacho, al que también conocerán por @rabudo1, es el reportero todo terreno de La Voz. Especialista en sucesos, conozco a muy poca gente que los cuente como él, sin caer en el recurso fácil del amarillismo. Con un tacto impecable, pero sobre todo con honestidad. Desde que lo conocí procuro no perderme ninguno de sus textos. Como he dicho, Nacho es un maestro de cómo hacer este trabajo y también de cómo escribirlo. Con la suprema dificultad que tiene llegar a la frase corta, directa y limpia. Pero todo eso ya lo saben y no hace falta que se lo recuerde. No he venido aquí a hablar de cómo escribe Nacho, sino de por qué tengo la suerte de considerarlo mi amigo.

Volvamos a mi primer verano de prácticas. Nacho hacía sucesos, se pasaba media vida en los juzgados y cuando estaba en la redacción tenía por costumbre realizar cada hora lo que él denominaba «rondas». Tirar de agenda y llamar, por orden, a la Policía Local, la Guardia Civil y los bomberos. A primera hora de la mañana hacía lo propio con la Policía Nacional, hablaba directamente con el comisario y yo los escuchaba echarse unas risas. Yo tuve suerte y durante mis prácticas (al final fueron dos veranos) hice muchas cosas y eso se debió en parte a que no hay mejor sitio para un becario que esa delegación de La Voz. Sobre todo, yo quería hacer el trabajo de Nacho algún día. Y ese día llegó.

«A ver, Espiñete» ―me llamaba y me sigue llamando así cuando nos vemos―, «apunta ahí», me dijo. Acto seguido me dictó los teléfonos de la ronda y los móviles personales de algunos de sus contactos dentro de la Local, la Nacional y la Guardia Civil. Habló con ellos, hizo las presentaciones telefónicas y les dijo: «con el chaval como conmigo». Colgado el teléfono me advirtió: «desde hoy la ronda corre de tu cuenta». Y así fue desde entonces mientras que yo estuve en aquella redacción. A veces se me pasaba y ya estaba Nacho en plan «Espiñete, ¿has hecho la ronda?» o, «Haz una ronda ahí Espiñete, a ver si tenemos algo». Nacho solía pillar las vacaciones en julio (aunque ahora la memoria me falla) para irse con la caravana a recorrerse media Europa y parte del extranjero (no sé si ahora Ane y Mikel se lo permiten) en compañía de Ainhoa, su mujer, también periodista. También Sanfermines porque Ainhoa es navarra.

Aquel primer verano yo bromeaba con Nacho y también con Carballo ―el jefe de facto de aquella redacción y hoy delegado―, sobre la posibilidad de quedarme a cargo de los sucesos cuando se marchara de vacaciones. Nacho se reía y Carballo me decía que ni de coña, que es lo que dice siempre Carballo cuando le preguntas algo por primera vez y que la mayoría de las veces significa haz lo que quieras pero que salga bien. Carballo es uno de esos jefes de los que hay que saber leer entre líneas y ser paciente para escarbar antes de llegar a su buen fondo. Un día antes de marchase de vacaciones Nacho hizo su predicción anual: «Espiñete, mañana me voy de vacaciones y seguro que palma alguien, es una ley». Ese día pasaron dos cosas. La primera es que un tipo apareció muerto en un piso de Compostela con signos de violencia. La segunda es que Carballo me llamó a su pecera para decirme que me quedaba con los sucesos hasta el regreso de Nacho. «Ahí te quedas, Espiñete, a defender el fuerte», me dijo este cuando volví de la pecera con la sonrisa de un niño con zapatos nuevos.

Aquel mes me lo pasé como un enano. Trabajando. Y aprendí mucho. Al año siguiente volví a hacer prácticas en aquella redacción. En realidad me tocó Sabón, la sede central del periódico pero tras dos semanas de aburrimiento en la sección de Cierre, Carballo movió los hilos para que me trasladaran a Santiago. Volví a hacer local, deportes, a peinar la calle y, por supuesto, a los sucesos cuando Nacho se fue de vacaciones.

Las prácticas terminaron. Entonces no había crisis del periodismo pero en esta profesión, la crisis es solo una cuestión de grado. Ahora es mayor pero eso no quiere decir que en septiembre de 2003 las cosas fueran mejor. Recién licenciado, con toda la ilusión y todo el esfuerzo, me quedaba en la puta calle. «Tranquilo, algo haremos», me dijo Nacho, antes de irme.

Me puse a vender tarjetas de crédito y al cabo de unas semanas, sonó el móvil. Era Nacho: «¿Quieres irte a Coruña?» me preguntó. «No es mucho, pero Fernando Varela (hoy redactor jefe de Infolibre) es muy amigo y me ha dicho que necesitan un tío, será una beca FEUGA, claro, de un año, ya sabes…». Por supuesto, le dije que sí. «No me dejes quedar mal», me pidió Nacho. En La Opinión de A Coruña estuve un año. Se acabó, el último día una chica de recursos humanos me llamó para ofrecerme renovar con otra beca pero dije que no. Creo que 18 meses como becario son más que suficientes. Es muy probable que hubiese hecho quedar mal a Nacho.

Tras aquel año, por una carambola, volví a La Voz, aunque no exactamente. Nacho fue el primero en darme la bienvenida y en mostrar su malestar por mis condiciones laborales. De aquella, yo era joven e insensato y me daba igual. Ahora sigo siendo insensato pero menos. Tras unos meses en los que trabajé mucho y me lo pasé mejor me fui a EEUU con una beca completa concedida por una universidad americana. En mi primer día en EEUU abrí el portátil que mis padres acababan de comprarme para la ocasión y tenía un e-mail de Nacho que decía: «Espiñete, te he abierto un blog para que cuentes sus experiencias en los States; aquí las claves, se llama Cuaderno Americano. Te leo». Fue Nacho, bloguero desde antes de existir los blogs y adepto a la tecnología como nadie, el que me abrió mi primera bitácora. Guardo por algún sitio aquellos textos, algunos de los cuales se publicaron como columnas en La Opinión por medio de Fernando Varela (siempre le estaré agradecido). No me cabe duda tampoco de que Nacho tuvo mucho que ver en mi estreno como columnista de periódicos.

A estas alturas ya todos lo sabrán porque lo ha estado contando él mismo y muy bien durante las últimas semanas desde el pasado 4 de noviembre. Mi amigo Nacho tiene alojado en su cabeza un «inquilino indeseable». Hoy a las 18.00 horas Nacho ingresa en el Hospital Clínico de Santiago de Compostela en donde mañana será sometido a una craneotomía pterional que pretende arrancarle un tumor que tiene situado en el lóbulo temporal derecho de su cerebro.

Yo no creo, Nacho. Pero por si sirve de algo te tendré en mis oraciones. Mucho ánimo y suerte, maestro.

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