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Y tras una espectacular remontada final, Baltasar ha llegado el primero.

Y tras una espectacular remontada final, Baltasar ha llegado el primero.

En mi casa los Reyes Magos casi siempre han llegado a principio de las Navidades. Los imagino pues a las carreras, peleándose con el gordo barrigudo por ver quién llegaba antes a dejar los regalos en casa de mi abuela. Los motivos de este adelanto correspondían en parte a los imponderables de haber nacido en una familia de emigrantes en la que la Navidad solía acabar antes de tiempo, en parte a la racionalidad de mi madre. Era mi padre el que tenía que incorporarse el día siete para seguir alimentando de combustible los sacos de regalos. Nos esperaban más de mil kilómetros de coche y no era cosa de que mi viejo llegara sin dormir al trabajo. Por eso que mi madre acabó por enarbolar una ley no escrita que desde muy pronto se siguió a rajatabla en mi casa: no tiene sentido que los regalos lleguen el seis por la mañana si el ocho hay que volver al cole, casi no hay tiempo para que jueguen los críos.

Es por esas razones de las cuales una sigue siendo válida (ahora somos uno de mis hermanos y yo los emigrantes), el día de Reyes sigue pasando por mi casa con más pena que gloria. Y encima, y esto es lo peor (o lo mejor según se mire), no hay críos de por medio, con lo que el romanticismo es mucho más fácil de contener.

El caso es que esta tarde de domingo me he puesto a pensar en la cabalgata. Por un momento hasta he estado tentado en ponerme los pantalones y saltar a la calle en busca de la marabunta pero me he dado cuenta de que en Dijon por no haber, no hay ni desfile de carnaval. El caso es que he acabado por montarme una cabalgata en casa con el Belén de lata que mi santa, yankee y sin Reyes claro, compró un día en México, un país que conserva aún cierta civilización mientras no se mata por chingadas. En mi cabalgata ha sido Baltasar el que ha llegado primero. Es mi cabalgata y las reglas las pongo yo. No había caramelos y he acabado por ponerme un Gin Tonic. No soy mucho de dulces.

Es por esas razones por las que el Día de Reyes siempre ha sido una suerte de desengaño. Y yo llevo muy mal los desengaños. Creo que es un trauma que arrastro desde que un buen día, temprano, mi madre me llevó al supermercado a comprar los Reyes aduciendo que los tres tipos de Oriente tenían demasiado trabajo como para ocuparse de todos los niños del mundo. Yo pensé que, joder, para un día que trabajan al año aún ponen excusas; pero no dije nada. Supongo que mi madre se dio cuenta del error y trató de hacerlo mejor con mi hermano pequeño, que hoy vive en Birmingham y allí tampoco tiene cabalgata. Tanto que casi le arruina la vida pues el crío se empeñó en tener un autógrafo de Papá Noel (ya digo que en mi casa nunca importó mucho quién pusiera los regalos) y a la mañana siguiente allí estaba la firma del gordo. Unas risas. Hasta que mi hermano quiso llevar el trozo de papel al colegio para presumir ante los amigos. Los lloros vinieron después pues ya sabemos que el infierno está lleno de buenas intenciones.

Y aquí estamos, mañana es lunes y hay que ir a trabajar. En Francia. Qué cabrones, no tienen Reyes Magos (hay Père Noël) pero sí una cosa llamada Galette des Rois. La diplomacia francesa siempre postrada a medio camino.

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