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Nunca bebimos tan felices como en el bar de la Casa del Mayor del pueblo. La felicidad estaba asociada entonces al precio popular que viene a ser la subvención de andar por casa para pobres, y que en España suelen colocarse en los extremos de la pirámide de edad, para que no hagan mucho ruido. A nadie se le escapaba que beber barato suponía el consenso máximo al que podíamos llegar, justo antes de que el botellón acabase por echarnos a la calle creando una alarma social de dimensiones gubernamentales. Ese era y sigue siendo el elemento diferenciador de la única marca: aquí se bebe y se fuma más barato que en ningún otro sitio (civilizado). Incluso en el Congreso de los Diputados, aunque ahí sea por una buena causa: solo los borrachos y los niños dicen la verdad y allí no hay niños para hablar con periodistas.

Consenso es quizá la palabra más sobrevalorada de un país que tiende a convertir ciertos de sus vocablos en ídolos de adoración lejana. No es la única. Pasa con otras como democracia, justicia, política y derecho en cualquiera de sus acepciones. Ahora que hemos llevado la tertulia de bar al plató de televisión sin importar que los factores (fútbol, política o famosos) alteren el producto, basta con que alguien se lleve el consenso a la boca para que entendamos su significado: aquí se hará lo que mis cojones consensuen democráticamente.

El consenso que suele reinar en el interior de los partidos está marcado por las cuotas de afiliación y la escala en los órganos internos. El quien se salga del guion no sale en la foto consensuada marca lo que llamamos democracia interna por mucho que después venga Villalobos gritando ¡Libertad! Es el precio a pagar al abrazar cualquier fe: si dos individuos están siempre de acuerdo en todo, aseguraba Freud, es que uno de los dos piensa por ambos.

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